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OBITUARIO | En memoria de Javier González Lamelas, atardecer en Chandrexa

Cartas al director

OBITUARIO | En memoria de Javier González Lamelas, atardecer en Chandrexa

Es absurdo exigirle razones a la muerte, pero aún hoy no dejo de interrogarme, sumido en un estado de penosa y extraña orfandad, por la repentina desaparición de mi editor, de mi inolvidable amigo, Javier González Lamelas. ¿Por qué? ¿Por qué ahora? Cercado tantas veces por sus incesantes problemas de salud, mostraba siempre una vitalidad inverosímil, una indómita capacidad de resistencia para levantarse y proseguir con su camino. Lo logró tantas veces…

Nos había acostumbrado a sus resurrecciones, a veces auténticamente milagrosas, con las que rompía súbitamente un inquietante mutismo que había durado semanas o meses. Un breve mensaje de texto bastaba. Sabíamos que Javier volvía. Siempre con una idea, con un proyecto, con un nuevo autor por el que se apasionaba.

El magisterio del dolor y la enfermedad, como alguna vez me reconoció, le ofrecieron una perspectiva más honda de la vida. Quien ha alternado tanto con la muerte no alcanza a comprender muchas veces la ridícula vanidad con la que se conducen los seres humanos… Javier era un hombre puro e inocente, con el que era imposible no enfadarse —podía ser realmente terco— ni reconciliarse al poco tiempo. Con aciertos y errores, he de reconocer que siempre actuó guiado por un insobornable sentido de la ética. 

Rara vez se mostraba dispuesto a hacer confesiones sobre su vida personal, marcada desde la infancia por una salud muy precaria. Cuando evocaba su descenso a los infiernos, solía recurrir a una expresión memorable: rosa de sanatorio. Era consciente de vivir en un régimen de libertad condicional, entre sus ineludibles períodos de convalecencia en hospitales y un mundo real en el que desenvolvía con torpeza y al que nunca lograba aclimatarse. No respetaba normas ni horarios. Vivía hic et nunc, perdido en una ignota esfera de la realidad que los amigos éramos incapaces de descifrar. Tanta veces ausente, lejano a todo, absorto en sus cavilaciones. Después de su reciente fallecimiento, no he dejado de pensar en que Javier tenía un especial talento para disimular la misteriosa lucidez con la estaba dotado, enfatizando el lado más infantil de su personalidad.

Mi memoria personal de Javier se remonta al año 2012. Recuerdo con cierta nitidez nuestro primer encuentro, en el Liceo, después de alguna sesión de diálisis. Comenzó a hablarme con un entusiasmo desbordante de aquel proyecto editorial, por aquel entonces en estado embrionario. Lo escuchaba con atención, pero también con escepticismo. En esa primera charla, pude ya conocer algunos de sus autores predilectos: Rilke, Pavese, Holan, Paul Celan o José Ángel Valente, siempre Valente, por el que ambos compartíamos una enfermiza devoción.

Las primeras citas literarias se desarrollaban en la elegante cafetería del hotel Carrís, que acabaría convirtiéndose en un oficioso centro de operaciones de la editorial, y donde llegarían a fraguarse algunos proyectos, que yo siempre veía quiméricos, disparatados, a veces fruto de la imprevisible inspiración de Javier. Sobra decir que la mayoría, contra todo pronóstico, funcionaron…

Su trabajo como editor fue excelso: libros pulcramente editados, jóvenes poetas en alza (David Hernández Sevillano), autores consagrados (Luz Pozo Garza, José María Muñoz Quirós, Ramón Loureiro) y otros insuficientemente conocidos (Ramón Cao Martínez, Edelmiro Vázquez Naval). Supo reunirse de un modesto y fiel equipo de colaboradores, con la figura sobresaliente de su viejo amigo Miguel Robledo, que nos regaló algunas portadas bellísimas.

Más que un editor riguroso, audaz y exigente, Javier, por encima de todo, fue un verdadero poeta, con una intuición extraordinaria para captar la esencia —una de sus palabras fetiche —, para discernir lo que era auténtico y valioso entre tanta banalidad pseudointelectual. Sospecho que solo los más allegados conocíamos sus coqueteos con la creación poética. Jamás olvidaré una noche en la que Javier me despertó con unos versos maravillosos:

Atardecer en Chandrexa. 

Me detengo el paisaje. 

Brilla el Elis trakeliano sobre el estanque.