Lapsus

Publicado: 23 sep 2026 - 01:41
La Región

En este mi pueblo, el ayuntamiento, violando sus propias ordenanzas, convirtió ante su escasez tres amplios y céntricos solares en aparcamientos.

A mí, mi garaje me queda a unos doscientos metros del piso, no mucho más. Y no es la primera vez que llego a él y veo que el sitio en donde debía estar aparcado está completamente vacío y es entonces cuando me acuerdo que lo he dejado en tal calle y que acabo de pasar a su lado apresuradamente. Esto me suele ocurrir siempre cuando más prisa tengo o llevo. No, no es la primera vez que esto me ocurre, igual que a otros muchos vecinos. Ayer mismo, en la peña de los vinos del vermut, uno, a la hora de marchar, se puso a pensar en dónde demonios había dejado el coche, menos mal que un compañero lo había visto aparcar y le salvó de un mal rato de búsqueda y zozobra.

Otro tanto me ocurre cuando tengo que ir de compras al súper. Basta que lo primordial que necesite sea leche para acordarme nada más entrar acompañarla de otras cosas también necesarias y dejarla para el final, que me queda más a mano. Pues bien, nada más entrar en el ascensor, me doy cuenta de que no he comprado la leche.

Recuerdo que un día -memini quodam die, que para algo he estudiado tanto latín en mis años mozos y que aquí me sirve para quedar bien- estando delante del ordenador y siendo ya hora de dejarlo para otros menesteres, pero sin desairar a las musas que me acompañaban, llegó un momento en que tan abstraído y concentrado que estaba no fui capaz de encontrarle el nombre de la tela que suele cubrir o tapar las ventanas y pensaba en el telón de los teatros, en las persianas y ya enormemente enojado contemplo con estupor a la que tenía a mi lado preguntándole a viva voz que cómo diablos se llamaba, apagando con ganas el ordenador. Fue más tarde, al acabar la ronda de los vinos, camino ya de casa, solo, cuando de pronto una voz surgió de la oscuridad y me repitió una y otra vez: cortina, cortina…

Pero esto no me pasa solamente a mí solo; a menudo, en la peña, surge hablando de tal cosa o persona que hay un nombre que dos o tres estamos cansados de sobra de saber y conocer, pero que a ninguno nos sale ahora mismo por más vueltas que le demos. Al otro día, tan pronto nos vemos. Salta alguno diciéndonos lo que ya todos volvimos a recordar: el dichoso nombre.

Saber y no recordar, es lo mismo que ignorar.

José Rodríguez Gómez

(Negreira)

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