La Región
Agradecimiento al HADO del área Sanitaria de Valdeorras
Las redes sociales han pasado de ser un complemento a constituir el entorno cotidiano de adolescentes y niñas. Pero dentro de esta normalidad digital emerge una desigualdad preocupante: las niñas sufren un impacto mayor por la adicción a las plataformas.
Los datos confirman el patrón. Las chicas muestran tasas más altas de uso problemático, mayor vulnerabilidad a la comparación constante y efectos más severos en la salud mental. La obsesión por la imagen corporal, la validación externa mediante likes y la exposición a contenidos dañinos se concentran en ellas. No es casualidad: la arquitectura de las redes está diseñada para maximizar la atención, y las niñas, en una etapa crítica de desarrollo, son más sensibles a sus mecanismos.
El problema no es solo individual. Es estructural. Las familias, los colegios y las políticas públicas no han desarrollado respuestas coordinadas. La educación digital es fragmentaria, la regulación insuficiente y el acceso sin límites en muchos hogares. Mientras las plataformas se benefician del compromiso y la interacción de los usuarios -el llamado “engagement” o grado de involucración con el contenido-, las niñas cargan con el coste psicológico.
Esto no es un detalle menor. Afecta a la identidad, al bienestar emocional y al futuro de una generación. La adicción a las redes no es un capricho adolescente: es un riesgo de salud pública que requiere atención urgente.
No podemos esperar a que las consecuencias se normalicen. Exigir regulación real, educación digital efectiva y protección activa es una obligación. ¿No es otro tipo de violencia?
Pedro Marín Usón (Zaragoza)
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