La Región
El debate de las mesas electorales
Soy una de las personas que viven en el entorno de la zona comprendida entre la Alameda y la Praza do Bispo Cesáreo, y quiero dejar constancia del hartazgo que sentimos quienes desde hace años sufrimos las consecuencias de la obsesión del alcalde de la ciudad por convertir el lugar en un escenario festivo casi permanente.
Durante gran parte del año, el descanso en este entorno es prácticamente imposible. Las fiestas del Corpus, las Navidades, el Entroido, el Samaín, los magostos… son una sucesión de eventos ruidosos concentrados en el mismo punto. Pronto comenzará a sonar en bucle “All I want for Christmas is you” de Maríah Carey, que nos atormenta varias veces al día los meses de diciembre y enero. Hasta ahí llega la cultura musical de nuestro alcalde, que hace caso omiso a las numerosas quejas de los vecinos.
Me preocupa especialmente la situación de las residencias de la tercera edad que se encuentran en esta zona. Para personas mayores, que pasan buena parte del día en sus habitaciones, el ruido constante no es una molestia menor, sino una cuestión de salud y de dignidad.
Y para coronar la insensibilidad del alcalde con la convivencia y la conciliación de la diversión y de la salud ambiental, tenemos su falta de respeto hacia el patrimonio, como demuestra la instalación, en plena plaza, de un gran cono a modo de árbol navideño que tapa por completo y maltrata la señera fuente barroca que la preside. Hoy ya permanece oculta, bajo una hortera pirámide de bombillas.
Y, hablando de patrimonio, llama poderosamente la atención que el emblemático Liceo, un bien de interés cultural, permita que su restaurante se haya convertido en otra fuente de contaminación visual y sonora. Todos los fines de semana hemos de sufrir el elevado volumen de la música y el griterío de quienes participan en las celebraciones privadas que se organizan en su terraza superior. Conciliar el sueño para nosotros se ha convertido en una pesadilla.
Una vez más, pido al Concello que escuche a sus vecinos, que establezca límites reales de horario y volumen, que proteja el patrimonio de la plaza y que garantice que el centro histórico sea también un lugar donde se pueda vivir. Y si sigue negándose a hacerlo, lo lógico sería que la Justicia tomase cartas en el asunto,
María Rodríguez (Ourense)
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