La Región
Muerto en vida
Jesús Owono, jugador de fútbol, cuando intentaba impedir que el delantero tinerfeño marcara gol y el CD Tenerife se alzara con la victoria, en un lance del juego (la dureza de su entrada es incuestionable) provocó “heridas incompatibles con la vida” a Jesús de Miguel. Es decir, un deportista realizando su trabajo tiene la insuperable desgracia de precipitar la muerte de un compañero de profesión.
Owono no es un asesino y sin embargo va a tener que convivir con ese estigma. Owono, el hijo y hermano de, el amigo, el compañero, el vecino de, va a cumplir una penitencia de por vida que la sociedad le ha impuesto. Está condenado a preguntarse cada minuto de su vida qué hubiera pasado si en lugar de pararle con la rodilla hubiera decidido agarrarlo o hacerle una zancadilla. El tiempo no vuelve atrás y a este muerto en vida nadie le va a dar la oportunidad de redimirse. Si Owono ha asesinado a alguien es a sí mismo, y de paso ha dejado huérfanos a todos aquellos para los que es una persona especial.
Lloramos la pérdida de Jesús de Miguel y acompañamos a sus familiares, compañeros y amigos en su dolor, pero no debemos olvidarnos (y compadecernos) de quien, probablemente, será condenado por algunos familiares, compañeros de profesión e incluso amigos, precisamente cuando más apoyo necesita. Nuestro dolor por Jesús de Miguel no se va a aliviar demonizando a Jesús Owono.
Tomás Jorge Pérez (Los Realejos, Tenerife)
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