La Región
A era da incerteza
El fluido más costoso del mundo es la lágrima. No puede guardarse en cofres ni subastarse en mercados, ni tasarse en oro, porque su valor no se mide en cifras ni en metales preciosos. Una lágrima es el destello líquido de lo más profundo del alma; un pedazo de emoción convertido en agua, un secreto que se atreve a abandonar el refugio del corazón para hacerse visible en el rostro.
Cada lágrima lleva consigo una historia. Algunas nacen del dolor, pesadas como piedras que ruedan montaña abajo, arrastrando la memoria de pérdidas y despedidas. Otras brotan de la alegría, ligeras como cristal danzando a la luz, recordándonos que incluso la felicidad necesita desbordarse. Están también las lágrimas silenciosas de la nostalgia, que recorren la piel sin permiso y nos hablan de lo que fue, de lo que nunca volverá y de lo que aún seguimos amando en secreto.
No hay laboratorio que pueda reproducirlas, porque ninguna ciencia sabe imitar la química de un corazón humano. En cada gota nada el temblor de un instante único, la voz que nos quebró, la risa que nos llenó, el miedo que nos estremeció. Por eso son tan costosas, porque son irrepetibles, porque no se fabrican, porque sólo existen cuando la vida nos atraviesa con toda su intensidad.
La lágrima es el testimonio más sincero de nuestra vulnerabilidad y de nuestra grandeza. Es el sello invisible de que, detrás de la piel, late algo más que sangre, late una humanidad capaz de sentir hasta lo indecible.
José Manuel Varela Mosquera
(Ourense)
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