La Región
Mi pueblo
Vivo en un pequeño pueblo donde todos nos conocemos, o de eso presumimos. Sabemos quién usa bastón y quién cojea y de qué pie. Incluso casi sabemos a qué lado de la cama se acuestan los esposos cuando duermen y no te digo nada de los que conocemos que de cuando en vez tienen el vicio de hacer horas extramatrimoniales. Con ello queda dicho la familiaridad con que nos tratamos.
Por más que nos empeñemos no damos pasado de los ocho mil habitantes y la Ley D’Hont nos concede solo trece ediles, que a veces ese de la discordia llega a ser alcalde o puede serlo, si sabe hacerlo y quiere. Tenemos de todo, incluso vergüenza. Poca, pero tenemos.
Por él pasa el camino de peregrinos de Fisterra y Muxía gracias al cual están abiertos cinco albergues, amén el municipal. Aprovechamos cualquier resquicio para ponerlo de bandera.
“Una mierda”, me decía todo cabreado un paisano que estaba tramitando desde hacía meses la rehabilitación de una casa, pues está sujeto a las normas y leyes de Patrimonio y las licencias de obra se eternizan por la lentitud de su ejecución o la aprobación de este o aquel organismo sujeto a otra clase de acondicionamientos a las que tienen que ajustar materiales y otras directrices, que se traduce en trastornos administrativos y demoras incomprensibles.
Tuvo también mi pueblo la honra o la desgracia de celebrar una de las primeras concentraciones parcelarias de España, en el año de 1958. Aunque una vez obtenida la concentración, los agricultores continúan dividiendo sus tierras en herencias de modo que al final se vuelve al mismo punto de partida. Con ello queda dicha la terquedad o enfermedad que padecemos con el minifundismo.
Tenemos dos tanatorios en leal competencia, un polígono industrial y una carretera de circunvalación para evitar los ruidos y el paso de los camiones por la villa, orgullo y envidia de otros ayuntamientos vecinos.
Tenemos tres supermercados grandes y tres “chinos”, amén de otras muchas cosas más que nos hacen parecer un pueblo grande que desgraciadamente no somos. Pero presumimos de serlo.
Un monumento al emigrante y otro al peregrino jalonan la entrada y salida del pueblo, como buenos gallegos que somos. Un pueblo digno de visitar, sobre todo los domingos, en que el comercio, desde los tiempos inmemoriales de la celebración de las ferias, permanece abierto por las mañanas.
Un puente partido en un arco -el escudo de mi pueblo- conserva la leyenda del cuerpo del Apóstol huyendo de los romanos.
Nuestro pueblo es todo esto y mucho más. Pero aun y a pesar de ello, no estamos todo lo contentos que deseamos.
José Rodríguez Gómez (Negreira)
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