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Tener una póliza de seguro de hogar genera una falsa sensación de calma. Hoy en día, el simple hecho de poder pagarla ya es un privilegio que no todos se pueden permitir. Sin embargo, esa tranquilidad es ficticia. Cuando llega el momento de recurrir a la cobertura contratada, emergen todos los fantasmas y condicionantes de los que nadie habló al firmar.
Al contactar con la compañía, no solo compruebas que el sistema está diseñado para que la banca o la aseguradora siempre gane, sino que presencias cómo se pone en marcha una exhaustiva “investigación”. Se presenta entonces el perito o inspector de turno con una misión clara: retorcer la realidad y hacer ver lo blanco, negro.
En cuanto se descartan las causas más evidentes de la incidencia -sea agua, electricidad o daños estructurales-, la aseguradora encuentra el resquicio más insólito para declinar su responsabilidad. Te niegan la reparación basándose en argumentos que jamás habrías imaginado al firmar el compromiso. Al final, lo que vendieron como protección se revela como un negocio donde las excusas están garantizadas, pero las soluciones no.
Jesús Sánchez-Ajofrín Reverte (Albacete)
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