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Cuando en pleno octubre el termómetro supera los 30 grados, la primera reacción puede ser disfrutar de un día casi veraniego. El problema es que cada vez nos sorprende menos.
Hemos incorporado palabras como “veroño” a nuestra conversación y corremos el riesgo de convertir una anomalía en paisaje cotidiano.
El cambio climático no siempre llega en forma de una gran catástrofe; a veces aparece como un otoño que deja de parecer otoño. Adaptarnos será necesario, pero normalizarlo no debería significar ignorarlo.
Si dejamos de sorprendernos por cada nuevo récord, quizá terminemos acostumbrándonos precisamente a aquello que debería preocuparnos.
María Andrés
(Sabadell)
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