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Los pacientes también merecemos respeto
CARTAS AL DIRECTOR
El entorno de este siglo tiene un nombre claro: tecnología. Desde móviles y ordenadores hasta electrodomésticos o coches eléctricos, todos comparten un rasgo cada vez más evidente: una vida útil limitada que obliga a su renovación constante.
Nuestra dependencia de estos dispositivos nos empuja a sustituirlos cada pocos años. Más que una necesidad real, muchas veces responde a actualizaciones, pérdida de rendimiento o incompatibilidades que dejan atrás productos todavía funcionales. El resultado es un consumo casi obligatorio, en el que la lógica empresarial prioriza el crecimiento continuo frente a la durabilidad o la satisfacción del usuario.
Mientras tanto, las economías domésticas hacen malabares para seguir el ritmo de este auténtico tren de alta velocidad tecnológico. Todo ello en un contexto de empleo y salarios, en muchos casos precarios, que agravan la sensación de ir siempre por detrás.
A esta realidad se suma la escasa intervención de las instituciones públicas, que rara vez impulsan medidas eficaces para frenar esta dinámica o proteger al consumidor. Resulta paradójico, además, que este avance tecnológico, tan intensivo, no siempre se traduzca en una creación significativa de empleo, debido a la creciente automatización de procesos. Cabe preguntarse: ¿quién detiene este tren, en el que millones de ciudadanos quedan varados en los andenes sin poder llegar a subirse?
Pedro Marín Usón
(Zaragoza)
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