Castro de Caldelas entre kilómetros de papel de seda

NOITE DAS BANDERAS

Cientos de vecinos y visitantes no se perdieron la tradicional Noite das Banderas para llenar las calles caldelás con miles de hojas de colorido papel de seda convertidas en banderas.

Las manos más jóvenes tras una jornada de preparar banderas en la nave del Toural.
Las manos más jóvenes tras una jornada de preparar banderas en la nave del Toural.

Hay fiestas que comienzan cuando suena el primer pasodoble, cuando se enciende una verbena o cuando se lanza el pregón. En O Castro de Caldelas, sin embargo, la fiesta empieza mucho antes. Empieza con una hoja de papel de seda. Con unas manos que doblan, cortan y unen. Niños que aprenden de los mayores. Vecinos que se reúnen por barrios. Mesas llenas de papeles de colores y una tarea aparentemente sencilla que, año tras año, acaba convirtiéndose en uno de los grandes rituales colectivos de la Festa dos Remedios.

Durante las semanas previas a septiembre, los vecinos elaboran artesanalmente las miles de banderas de papel que después vestirán las calles del pueblo. Tradición que pasa de generación en generación y convierte la preparación de los Remedios en una fiesta mucho antes de que llegue el día grande.

Cada bandera es pequeña. Juntas, sin embargo, forman algo enorme. Este año, más de 20 kilómetros de cuerda recorren la villa cargados de color. Kilómetros de pequeños papeles de seda que, suspendidos sobre las calles, anuncian que el pueblo está de fiesta.

La esperada madrugada

La medianoche del 6 de septiembre volvió a marcar en O Castro de Caldelas el comienzo de su particular ritual: “A noite das bandeiras”.A partir de las 00,00 horas, los vecinos tomaron las calles por barrios. Cada grupo se reunió alrededor de sus enormes ovillos, madejas gigantes de cuerda en las que ya estaban preparadas las banderitas que llevaban semanas fabricando.

Entonces comenzó la carrera. Las madejas empezaron a correr de unas manos a otras. Las cuerdas avanzaron por las calles. Las escaleras se levantaron. Los vecinos subieron, ataron, tensaron y volvieron a bajar. Y, poco a poco, casi sin que nadie se diera cuenta, el pueblo comenzó a cambiar. Donde antes había calles desnudas aparecieron los primeros colores. Después otros. Y otros. Hasta quedar cubierto por un inmenso techo de papel de seda que ahora baila con el viento.

Pero no fue simplemente una tarea de montaje. Fue una noche de encuentro. Los vecinos se reunieron por barrios, se ayudaron, se esperaron y compartieron el trabajo. Hubo risas, carreras, escaleras, conversaciones y, como manda la tradición, algún brindis para hacer más llevadera la madrugada.

Este año, además, la música acompañó el recorrido. Airiños de Caldelas y la Charanga El Tattoo pusieron sonido a una noche en la que la frontera entre trabajar y celebrar prácticamente desapareció. La música acompañó a quienes tiraban de las cuerdas, a quienes esperaban con las escaleras y a quienes, desde abajo, contemplaban cómo cada calle se transformaba. Porque mientras las banderas subían, también subía la emoción.

Fiesta fabricada por todos

Quizá lo más especial de A Noite das Bandeiras no esté solo en el resultado, sino en todo lo que sucede antes. Durante agosto, niños, jóvenes y mayores se reúnen para elaborar las banderitas que después vestirán las calles. Los pequeños aprenden una tradición que los mayores conservan y los jóvenes se encargan de darle futuro.

El Concello facilita los materiales y los vecinos aportan tiempo, paciencia e ilusión. Así, una sencilla hoja de papel de seda acaba convertida en parte de la identidad de todo un pueblo. No hace falta que una tradición esté escrita en un libro para que sea importante.

El pueblo cambia de color

Entrada la madrugada, las últimas cuerdas encontraron su sitio, las escaleras desaparecieron y solo quedó mirar hacia arriba. Miles de banderitas comenzaron a bailar sobre las calles caldelás, formando un colorido cielo festivo. Cuando finalmente ondearon juntas, dejaron de ser pequeñas piezas de papel para convertirse en el anuncio inequívoco de que habían llegado los días grandes.

Más de 20 kilómetros de cuerda, pero también kilómetros de historia compartida: cada tramo y cada ovillo representan el trabajo de un barrio y de muchas personas. Y cuando todo quedó colocado, llegó la recompensa: multitud de gente celebrando que, una vez más, todo un pueblo había trabajado unido poniendo color a su fiesta.

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