Roberto González
El corazón de Cabaleiro
Hay una izquierda que ha convertido la superioridad moral en una profesión. Se presenta como defensora de los humildes, enemiga de los privilegios y azote de los ricos. Todo muy edificante. Hasta que termina el mitin, se apagan las consignas y llega la hora de cenar. Entonces algunos de sus sacerdotes descubren que la lucha de clases se lleva mucho mejor con mantel de hilo. Bienvenidos al maravilloso mundo de la izquierda caviar: revolución en el discurso, canapé en la recepción y sacrificios… para los demás.
Aclaremos algo: no hay nada malo en tener dinero. Ni en vivir en una buena casa, conducir un coche caro, viajar en avión, llevar a los hijos a un colegio privado o disfrutar de magníficas vacaciones. En una sociedad libre, cada cual debería poder gastar su dinero como quiera. Lo divertido comienza cuando quien disfruta de todo ello se dedica después a explicar al ciudadano corriente que consumir, prosperar o aspirar a vivir mejor es una peligrosa manifestación de egoísmo capitalista. Porque el problema nunca ha sido que los dirigentes de izquierdas vivan bien. El problema es que pretendan monopolizar la virtud mientras disfrutan de aquello que condenan en los demás.
El empresario que arriesga su dinero, crea una empresa y contrata trabajadores suele ser contemplado como sospechoso. El capital es explotación y el beneficio es pecado. Hasta que aparece en una cena, financia un acto o se fotografía con el dirigente adecuado. Entonces se produce la transustanciación ideológica. El explotador se convierte en “referente empresarial”. El capital se transforma en “colaboración público-privada”. Y el millonario pasa, en minutos, de enemigo de clase a empresario de referencia. La ideología también sabe distinguir entre un buen rico y un mal rico. La diferencia suele estar en quién paga la cena.
Pero la verdadera especialidad de esta izquierda no es la contradicción. Es convertirla en virtud y exigir además que aplaudamos. Si preguntas por qué quien predica austeridad vive rodeado de privilegios, no se responde a la pregunta. Se analiza tu ideología. Si criticas una política económica, eres neoliberal. Si denuncias una incoherencia, reaccionario. Si señalas un privilegio, facha. Y si insistes, ultraderecha. Es una estrategia magnífica: cuando no puedes explicar tu contradicción, explica la maldad de quien la señala.
Pero hay una pregunta que debería hacerse cualquier político que aspire a dar lecciones de moral
Pero hay una pregunta que debería hacerse cualquier político que aspire a dar lecciones de moral: ¿harías tú lo que obligas a hacer a los demás? Porque la autoridad moral no se proclama. Se acredita. Quien quiera vivir en un chalet, que viva. Quien quiera conducir un Mercedes, que lo conduzca. Quien quiera llevar a sus hijos a un colegio privado, que los lleve. Quien quiera tener varias casas, que las tenga. Quien quiera cenar en un restaurante de lujo, que cene. Faltaría más. Pero entonces que tenga la delicadeza de no mirar al vecino desde el púlpito mientras le explica que debe consumir menos, viajar menos, tener menos y conformarse más.
No necesitamos políticos que vivan como pobres. Necesitamos políticos que dejen de convertir la pobreza ajena en una virtud y su propia prosperidad en una excepción moralmente justificada. La izquierda caviar no escandaliza porque coma caviar. Escandaliza porque, después de comerlo, pretende convencerte de que el caviar es inmoral. No quieren abolir la escalera. Quieren subir ellos primero y, una vez arriba, retirar el peldaño. Eso no es igualdad. Es privilegio con discurso progresista.
El problema nunca fue el caviar. El problema es el sermón después de la cena. La revolución sí, pero mejor que la paguen los demás.
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