DE QUIROGA AL MUNDO
De Kuwait y las altas esferas a la quietud del rural de Castro Caldelas
DE QUIROGA AL MUNDO
Hay vidas que parecen tejidas con muchos caminos, como si en cada etapa se abriera un mundo distinto. La de Luis Díaz Lago es una de ellas. Nacido en 1937 en Quiroga, en una tierra de montaña donde todo comenzaba despacio, nadie podía imaginar entonces que aquel niño acabaría recorriendo medio mundo, sentándose en mesas de poder y formando parte, desde dentro, del crecimiento de una de las grandes empresas de España. Pero antes de los viajes, de las obras y de los despachos, estuvo el origen: una familia marcada por el esfuerzo, el carácter y la firmeza de una madre que le enseñó, sin saberlo, a no ceder nunca en lo importante.
Su infancia en Quiroga marcaría para siempre su manera de mirar el mundo. Allí empezó la historia de Luis Díaz, “Díaz” para todos los que lo conocieron en su vida profesional, un hombre que aprendió desde niño que las decisiones importantes no siempre siguen el camino fácil. Su madre, maestra de pueblo, quiso dar un paso más y opositar para enseñar en escuelas de mayor entidad. Le pusieron condiciones: debía asumir responsabilidades en la Sección Femenina si quería aprobar. No aceptó. Se presentó igualmente y aprobó. “Eran otras épocas”, recuerda Luis, que aún hoy cuenta cómo su madre llegó a cartearse con “doña Carmen Polo”. En ese entorno creció, con el ejemplo de una mujer firme y en contacto, incluso, con figuras destacadas de su tiempo. También guarda la cercanía familiar con Victorino Núñez, su primo.
Muy joven dejó Galicia rumbo a Madrid con una idea clara: estudiar leyes y convertirse en secretario de la administración local. Pero la vida, como tantas veces, tenía otros planes. En la capital empezó a tejer amistades que marcarían su destino. Entre ellas, la de Rafael del Pino y Moreno, fundador de Ferrovial. “Rapaz, voy a montar una empresa y quiero tenerte conmigo”, le dijo. La insistencia pudo más que los libros, y Luis dejó los estudios para embarcarse en una aventura que no dejaría de crecer. Aquella pequeña empresa nacida en 1952 para cambiar traviesas de tren se convirtió en un gigante de la construcción, y Luis Díaz fue uno de sus primeros empleados, convirtiéndose en mano derecha de su creador.
En ese crecimiento, Luis fue encontrando su sitio. España se le quedó pronto pequeña. “Casi no sabría decirte todos los países en los que he estado sin equivocarme”, dice mientras enciende un cigarrillo. En los años setenta, la empresa dio el salto internacional y él estuvo en destinos como Libia, México, Brasil o Paraguay. Pero fue en Kuwait donde vivió una de sus etapas más intensas. Allí fue residente, trabajó en grandes proyectos de carreteras y se movió en círculos de alto nivel. “Yo salía a comer con el emir”, recuerda. “Trabajé mucho, mucho”, insiste, convencido de que la obra no perdona distracciones.
Su carácter directo lo llevó a cruzarse con figuras clave de la política española. Amigo de Manuel Fraga, recuerda también conversaciones con Juan Carlos I. “Hablábamos de tú a tú, tan tranquilos”, dice. Su vida profesional lo llevó desde grandes obras en España —como la Bilbao-Behobia— hasta escenarios internacionales de primer nivel.
En la empresa lo conocían como “el rápido” o “el urgente”: todo debía hacerse ya. “La empresa era como mi casa”, resume. Su jefe llegó incluso a confiarle la formación de su hijo dentro de la obra: “Mételo como uno más”.
Pero no todo fueron momentos fáciles. Vivió de cerca la guerra Irán-Irak y el impacto lejano del 23F, que le dejó la sensación de estar lejos en un momento clave. Aun así, siguió adelante bajo presión constante.
Cuando habla de su vida, cambia el tono al recordar a su mujer, Ana, de Cacidrón, en Castro Caldelas. “Era a tope en todo”, dice. Con ella formó una familia y tuvo dos hijas, Begoña y América, a quienes quiso asegurar un futuro estable.
Hoy, ya jubilado, vive en Cacidrón, rodeado de naturaleza. Reconoce que parar no fue fácil: “Si no me jubilaba, acababa mal”. Ahora el ritmo es otro, más lento, pero en su mirada sigue estando aquel joven de Quiroga que acabó recorriendo el mundo entero.
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