UNA TRADICIÓN ANCESTRAL
Aldara, el origen de un nombre que se asentó en Celanova y buena parte de Galicia
UNA TRADICIÓN ANCESTRAL
Los nombres son una suerte de huella digital, una marca entramada y compleja que revela al mundo la personalidad que une letras y palabras con un rostro, una figura. En el juego de encontrar cómo llamar a alguien siempre intervienen tradiciones, lenguas extintas, culturas enterradas.
Los sonidos crean alianzas y lo que hoy creemos que ha existido desde siempre tiene un origen ancestral. El nombre de Aldara es uno de esos ejemplos, derivado del nombre de origen germánico Aldewara su uso se extendió no solo por la región central europea sino que encontró una esquina de España donde refugiarse y crecer.
De acuerdo con el Instituto de Heráldica Familiar, Aldara significa “anciana respetable, eminente, sabia”, aunque también se le asocia con "persona de nobleza" o que procede de "de noble estirpe".
En Galicia se hizo popular por Doña Aldara Eriz, popularmente conocida como Santa Aldara, que fue una noble dama gallega del siglo X. La dama estuvo casada con el conde Gutier Menéndez y se le atribuye ser la fundadora de los monasterios de San Salvador de Celanova y Santa María de Vilanova en Vilanova de los Infantes.
Doña Aldara fue, además, madre de San Rosendo, abad y fundador de varios monasterios, obispo de Mondoñedo y virrey del rey de Asturias y León Odón II. De ahí que el nombre se convirtiera en uso común y trascendiera en el tiempo.
En las tierras de Lugo, específicamente en la Serra dos Ancares, en el municipio de Cervantes, hay una leyenda que ronda uno de los castillos que se refugia entre los montes. Se cuenta que la leyenda de la doncella ciervo surgió del Castillo de Doiras, una fortaleza del siglo XV.
Según la historia popular en este castillo vivía el señor Froyás con sus dos hijos, Egas y Aldara. Aldara, una joven hermosa, estaba prometida con Aras, hijo de un noble vecino. Pero un día la doncella desapareció sin dejar rastro; fue vista por última vez dirigiéndose al riachuelo cercano al castillo. A pesar de las búsquedas realizadas por su familia y por Aras, no se halló ninguna pista de ella y con el tiempo se la dio por muerta, quizá víctima de las fieras del monte.
Mucho después, Egas, de caza, hirió mortalmente a una cierva blanca y cortó una de sus patas para llevarla al castillo. Al abrir el zurrón, descubrió horrorizado que no era una pata, sino la mano de una joven con el anillo de Aldara. Volvieron al lugar y hallaron el cuerpo de Aldara muerta, como si hubiera sido encantada en forma de cierva y solo al morir hubiera recuperado su figura humana. Nunca se supo quién la hechizó ni por qué.
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