"Las gratitudes", una novela de Delphine de Vigan: mucho más de lo que podríamos pagar

LOS LIBROS QUE LEO

Se trata de una bellísima novela sobre el agradecimiento y el perdón, escrita con un estilo certero y conmovedor.

Cubierta de "Las gratitudes" de Delphine de Vigan
Cubierta de "Las gratitudes" de Delphine de Vigan

Había oído hablar de Delphine de Vigan, como quien escucha algún comentario elogioso de un buen vecino, la confesión de un que otro fervor, pero nada más. Hace poco me crucé con ella, y tuvimos una conversación de 111 páginas.

“Las gratitudes” (Anagrama, 2019) ha reforzado en mí una convicción antigua: la bondad es la forma superior de toda inteligencia. Quien es capaz de hacer el bien, por la sencilla vocación de cambiar una ínfima parcela de mundo, ya ha triunfado. Esa victoria secreta le sitúa por encima del bien y del mal. Es lo que sucede con los protagonistas de esta novela, delicadísima y sutil como los mínimos cristales que componen el ala de una libélula. A medida que avanza una trama sin estridencias, Marie, Jérôme y Mishka, se percatan de que sus vidas están unidas por unos lazos inexplicables en un cosmos de gratitud.

Cada uno de ellos debe algo capital a alguien, y salda, cada quien como puede, su deuda existencial. Mishka Seld es una anciana septuagenaria, que hasta hace poco vivía sola, bajo la compañía eventual y la supervisión de su vecina Marie, pero un evento celebrovascular silencioso ha llegado para cambiarlo todo: tiene que pasar de la autonomía a la dependencia en una clínica geriátrica. Sufre una parafasia fonémica que le hace cambiar palabras funcionales por otras similares, pero semánticamente disparatadas. Su cerebro es como un piano con periodontitis, que escupe las teclas del lenguaje.

Mishka tiene tras de sí una historia conmovedora a la que pretende dar un cierre: siendo una niña, en 1942, fue salvada de morir en Auschwitz por un matrimonio del que solo tiene los nombres: Henri y Nicole. Luego la recogió una prima de su madre y nunca más volvió a saber de ellos. Es entonces cuando, al principio de su deterioro progresivo, le pide a Marie que le ayude a poner un anuncio en prensa, donde ruega cualquier información sobre el matrimonio que vivía en La Ferté-sous-Jouarre.

Se activa entonces una búsqueda cuyo desenlace sabrá el lector al final de estas páginas. Se trata de un resultado sin estridencias, pero de una increíble fuerza aleccionadora. El transcurso de la novela será un ir y venir de visitas de Marie, -la vecina que en su infancia protegiera la propia Mishka- y unos ejercicios de rehabilitación coordinados por Jérôme Milloux.

Esta novela sobre la importancia de cerrar capítulos inconclusos y perdonar, es un archipiélago de islotes narrativos que el lector irá completando como un puzzle a dos voces.

“Las gratitudes” no es un libro sobre el Holocausto, aunque tangencialmente lo roce. Su mensaje va más allá: estamos aquí porque muchas manos, muchos pequeños gestos nos han convertido en lo que somos; nuestro yo, obstinado y batallador, debe a los demás, a esa gente anónima de cierta época y lugar, mucho más de lo que podríamos pagar.

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