"El hombre en el castillo": cuando la distorsión sustituye la realidad
LOS LIBROS QUE LEO
La novela se sitúa en una línea temporal alternativa (ucronía) en la que las potencias del Eje ganaron la Segunda Guerra Mundial, y se ha dado, por tanto, una reconfiguración geopolítica a escala global.
La sensación de que la realidad es poderosamente extraña se agrava en ese momento en que la mirada se detiene en “motel”, la última palabra de la novela “El hombre en el castillo” (Minotauro, 2021) del norteamericano Philip K. Dick. Tal vez contribuyan a esta amarga iluminación los sucesos de estas dos primeras semanas de enero, en que detalles aparentemente insignificantes, pueden desviar el curso racional de los acontecimientos.
Solemos desdeñar el potencial del pensamiento ucrónico porque vivimos atrapados en la narrativa de lo pragmático, de lo concreto, pero hay una parte nuestra que se inclina inconscientemente hacia el “qué hubiera pasado si”, y esto es algo que está íntimamente ligado a la naturaleza de deseos que se consuman, o deseos que se frustran. En este sentido, muchos de vosotros os preguntaréis, ¿qué sentido tiene reconstruir lo que no fue, si lo que fue es absolutamente invariable? Philip K. Dick nos da una respuesta plausible en las páginas de su novela: la utilidad imaginar a todo color un pasado divergente radica en entrenarnos para afrontar la diversidad de escenarios que nos esperan en el porvenir; es una ganancia puramente filosófica que no se traduce en resultados directos, y que no puede entenderse desde la objetividad, tal y como sucede en el fondo con la vida misma.
La novela plantea un mundo alternativo donde gobierna un Tercer Reich sobreviviente a la Segunda Guerra Mundial, de conjunto con el Japón imperial, potencias que han realizado un particular reparto del mundo donde Alemania controla la costa este de EE. UU., Europa y gran parte de África, aplicando políticas de exterminio a gran escala.
En San Francisco, cuatro personajes orquestan la trama: el oficial Nobusuke Tagomi encargado de recibir al agente secreto alemán Wegener, Robert Childan, dueño de una tienda de antigüedades que vende “reliquias norteamericanas” a turistas japoneses, el judío Frank Frink, un falsificador experto que acaba de ser despedido por Childan, y la audaz Juliana, quien luego de romper con Frink, se ha ido a resolver un misterio trascendental a las Montañas Rocosas: dar con el paradero de Abendsen, autor de “La langosta se ha posado”, un libro prohibido que describe un mundo donde el Eje perdió la guerra.
En esta línea temporal, el “I Ching” se convierte en un oráculo consultado compulsivamente por los protagonistas, y lo que este arroja, es que ese supuesto pasado contrafactual es, en cierto sentido, la verdad.
A medida que se avanza por el espesor de las páginas, el lector constata en las estrategias de Dick, una desafiante capacidad para construir escenarios posibles; pero sospecho que esto no es más que un hábil ejercicio de distracción.
Posiblemente el núcleo duro de la metáfora radique en suscitar una reflexión sobre los límites que separan lo real de lo falsificado, y hasta qué punto los entornos intencionalmente distorsionados se nos presentan mucho más atractivos que la propia realidad.
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