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En las listas de lectura de mi Kindle, tenía agazapada, desde hacía muchísimo tiempo, “Qué difícil es ser Dios” (Gigamesh, 2019), de los hermanos Arcadi y Boris Strugatsky. Luego varias dubitaciones por esos sesgos que todos tenemos respecto a libros producidos en ciertas épocas, me adentré en las primeras quince páginas, y ya no hubo forma de abandonar el camino emprendido.
Escrita en colaboración por los hermanos Strugatski, y publicada originalmente en 1964, luego de hacer malabares contra la censura, desarrolla una trama ambientada en un futuro lejano donde la Tierra ha alcanzado un altísimo desarrollo tecnológico y se dispone a la exploración de mundos más allá de nuestra galaxia. Su argumento, centrado fundamentalmente en las peripecias de Anton Toshka, alias Don Rumata de Estoria, se despliega durante una misión encubierta a un planeta poblado por seres humanos, pero cuyo estadío evolutivo se corresponde con los patrones sociales, políticos y culturales de una Edad Media perturbadoramente parecida a la extinta Unión Soviética.
Su conflicto esencial está dado por la fricción de mandatos que acorralan al protagonista: por un lado, su deber de observar imparcialmente la vida en Arkanar, y por otro, su involucramiento emocional (inevitable) en el tejido social donde se supone que actúe simplemente como un “observador”, pero termina proveyendo a aquellas desdichadas gentes de herramientas de organización y lucha contra el sórdido poder que los oprime. Durante la lectura, una especie de voz secreta repercute en la mente del lector a modo de tesis: la desobediencia es una forma de belleza.
Se trata de un mundo donde el oscurantismo y la resignación forman parte de la vida cotidiana, una sociedad donde los analfabetos linchan a los sabios.
“Qué difícil es ser Dios”, es un viaje simbólico al corazón de los regímenes totalitarios, donde la censura es una herramienta de control y mantenimiento de la estabilidad política, y a la vez un llamado de atención sobre el peligro que representan las actividades creativas (la ciencia y el arte en general) para los sistemas basados en la obediencia y el dogmatismo ciego. Se trata de un mundo donde el oscurantismo y la resignación forman parte de la vida cotidiana, una sociedad donde los analfabetos linchan a los sabios.
Mención aparte merece en la recreación de este sórdido universo, el papel de Kira, una chica de 18 años que es la única mujer en quien es capaz de fijarse Don Rumata: lo seducen su belleza, sus virtudes compasivas, y el hecho de que es la única criatura aseada en un mundo dominado por la suciedad y los olores repulsivos.
Ni siquiera en “1984” de Orwell, he visto una disección tan certera del totalitarismo como en estas páginas: los comisarios del pensamiento disidente, los delatores, los fabricantes de falsas conspiraciones; en fin, toda una pléyade de caracteres brotados del barro porquerizo de la mediocridad.
“Qué difícil es ser Dios” ahonda en la cuestión ética de tomar partido por un ideal en tiempos oscuros donde lo cómodo es obedecer y transigir. En ese dilema palpita el corazón de una de las más exquisitas ficciones del siglo XX.
Arkadi y Boris Strugatski recibieron una educación esmerada fuertemente influenciada por el arte y la literatura occidentales. Entre sus obras, atacadas por la censura soviética, destacan El lunes empieza el sábado (1965), Caracol escalando una montaña (1968).
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