Quien lee a Rilke, de algún modo es Rilke

LOS LIBROS QUE LEO

Cubierta de “Rainer María Rilke/ Poesía/ Obra temprana” (Ediciones Linteo, 2026)
Cubierta de “Rainer María Rilke/ Poesía/ Obra temprana” (Ediciones Linteo, 2026) | La Región

Vivimos en un mundo que presume de no necesitar ni a la poesía ni a los poetas. Pero en ese descreimiento forzado hay una trampa: esta vida material y pragmática a cuyo yugo estamos todos sometidos, tarde o temprano termina pasándonos la factura de ese divorcio intencional nuestro con la belleza.

Al final tenemos que usar las palabras para contar nuestro drama a un confidente, un psicólogo o un psiquiatra. Necesitamos del lenguaje y sus imágenes para convertir en un río el pantano que somos. La poesía, el arte y el pensamiento, (¿acaso no son uno los tres?) a lo largo del tiempo, se convierten en el drenaje de todo aquello que nos infecta y nos desborda. Es por esto que hoy vengo a hablaros de un poeta cuyos versos curan y reconcilian con el mundo. Rainer María Rilke, un orfebre de las palabras que convirtió la discreción en un escándalo trascendente, y que este 2026 cumple su primer siglo de haberse iniciado en los misterios de la muerte.

Acabo de leerlo en una edición tan sobria y completa como él mismo: “Rainer María Rilke/ Poesía/ Obra temprana” (Ediciones Linteo, 2026). Esta antología (el primer tomo de seis) es, en este momento, en toda España, y lo digo sin temor a equivocarme, el trabajo compilatorio y de traducción más completo que pueda encontrarse sobre el poeta checo alemán en castellano, y ello gracias al prólogo de Antonio Colinas, el estudio biográfico-literario de Manuel Ramos Méndez, director de Ediciones Linteo, además de la traducción monumental del ya desaparecido José Luis Reina Palazón.

El resultado es una edición bilingüe ideal para que entusiastas y estudiosos entren gustosamente al universo rilkeano. Si un mérito tiene este acucioso trabajo bibliográfico es el de acercarnos a un joven Rilke, que en su adolescencia y primera juventud era ya un poeta hechizado que había sabido preguntarse y responderse, “¿qué es lo verdaderamente importante?”. El volumen de 622 páginas contiene, desde “Ofrenda a los lares” (1895), hasta “El libro de las imágenes” (1906), pasando por libros esenciales como “Celebración de mí mismo” (1899) hasta la célebre “Tonada de amor y muerte del corneta Christoph Rilke”.

Recomiendo, que si os resulta posible, hagáis un hueco de silencio en medio del bullicio diario para entrar al recinto de esta “Obra temprana”. No entenderéis el misterio de la serenidad rilkeana desde la prisa o el desasosiego. Quien lee a Rilke, de algún modo es Rilke. Porque en el fondo no se trata de un poeta, sino de un maestro espiritual que utilizó la ballesta de la poesía para disparar una flecha que al clavarse, se convierte en árbol.

Quien lee a Rilke, se sitúa por encima del triunfo y el fracaso, vive como un animal mistérico. Ha despertado del sueño grotesco de la materialidad para abrir los ojos en un espacio propio de milagro y significado.

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