Un mundo muy similar al nuestro

LOS LIBROS QUE LEO

“El mundo de ayer” de Stefan Zweig, escrito en clave de memorias, es un retrato íntimo y conmovedor de Europa entre 1881 y 1942. Su análisis sobre la destrucción de la cultura y la intolerancia puede trasladarse perfectamente al escenario actual, con una serie de paralelismos que un lector agudo sabrá identificar.  

Cubierta de "El mundo de ayer" de Stefan Zweig (Acantilado, 2017)
Cubierta de "El mundo de ayer" de Stefan Zweig (Acantilado, 2017) | La Región

Quien termina de leer “El mundo de ayer” de Stefan Zweig, no cierra un libro, cierra un piano. En su caja acústica y sus teclas vibra una partitura, melancólica y despiadada, que no solo es un viaje a las entrañas de la primera mitad del siglo XX, sino una conexión directa con nuestro mundo de hoy, perturbadoramente parecido a aquel, por más que los escenarios simulen una evolución moral y política. Lo que ha mudado son los disfraces, bajo ellos el monstruo humano es el mismo.

Escrito en el Brasil de 1942, “El mundo de ayer” (Acantilado, 2017) es el testamento de un hombre que ha perdido su patria, biblioteca, sus colecciones de arte, y su estabilidad en el sentido más amplio, pero que lo único que no se resigna a perder es su memoria.

Zweig rescata aquí el mundo de sus abuelos y sus padres en la segunda mitad del siglo XIX europeo, describiendo un fresco amplísimo y colorido que él llamó “el mundo de la seguridad”. Leerlo es pasear por una Viena donde aún no han cesado los aplausos en los conciertos de Mozart y Beethoven, estrechar la mano de las grandes mentes que dieron voz a una nueva sensibilidad: Hoffmanstal, Rilke, Freud, Romain Roland; pero también es un viaje a las catacumbas de la prostitución y la doble moral burguesa, además de una crítica sin anestesia a un sistema educativo monótono y árido descrito como un “cuartel escolar”. Luego asistimos a esa Europa que hizo añicos el pistoletazo de Sarajevo el 28 de junio de 1914.

Bajo la piel de la aparente civilización crece el tumor de la barbarie; el refinamiento puede ser una versión estilizada de la crueldad.

Lo que vemos a través de esas páginas es pura histeria colectiva y el entusiasmo ciego de las masas al estallar una guerra que cambiaría el curso de la historia universal. Lo que viene después no es mejor: una posguerra que funcionó como el caldo de cultivo perfecto para el odio y la intolerancia, en cuyas ruinas tuvo su cuna la aberración del nazismo, cuyos pormenores grotescos no es mi intención reseñar aquí. En cada página, Zweig nos advierte: bajo la piel de la aparente civilización crece el tumor de la barbarie; el refinamiento puede ser una versión estilizada de la crueldad.

Vuelvo al paralelo entre aquel mundo y el nuestro: hoy observamos una polarización radicalizada que opera con la misma lógica del “nosotros contra ellos” tan visible en el entorno digital; si bien en la primera mitad del siglo XX el nacionalismo fue físico, hoy el nacionalismo es ideológico y algorítmico, con un síntoma muy en común con el auge del nazismo: la erosión de la empatía y el linchamiento gratuito al otro. Padecemos la misma vulnerabilidad sistémica de los años 30; la estabilidad de naciones vuelve a depender de los caprichos neuróticos de un solo hombre. “El mundo de ayer”, es una lectura amena y a la vez tan perturbadora como necesaria, en ella su autor nos dice entre líneas: la libertad no es una herencia garantizada ni estática, sino un préstamo que debe renovarse cada día.

Contenido patrocinado

stats