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En el pequeño municipio ourensano de Laza, hay un entroido que no se explica, se vive. Enclavado en el llamado triángulo máxico de Ourense, el Entroido de Laza tiene una dimensión ancestral. Aquí no hay disfraces improvisados ni desfiles para turistas despistados. Hay tradición, transgresión y una forma muy concreta de entender el entroido que lo convierte en uno de los más intensos y antiguos de Galicia.
Esta es una de las imágenes más impactantes del Entroido gallego: el lanzamiento de hormigas con vinagre. Tradicionalmente, las hormigas se recogían del monte y se mezclaban con vinagre para volverlas más activas. Al ser lanzadas, provocaban escozor y picor inmediato. Ese malestar físico cumple una función ritual clara: despertar, sacudir al participante, sacarlo de la pasividad. En muchos ritos antiguos el dolor controlado era una forma de purificación y de tránsito simbólico.
La celebración en Laza también tiene una lectura comunitaria. Nadie queda al margen, quien entra en la fiesta acepta sus reglas. Las hormigas igualan a todos, rompen la distancia entre vecinos, visitantes y protagonistas del Entroido. Durante esos días no hay espectadores puros, o participas o te apartas. Esa lógica refuerza el carácter colectivo del ritual y explica por qué el Entroido de Laza no se concibe como un espectáculo, sino como una experiencia compartida.
Lejos de la crueldad gratuita, este ritual se interpreta como una prueba colectiva que conecta con los ritos ancestrales. En el Entroido de Laza, el cuerpo participa tanto como el espíritu: hay que sentir la fiesta para formar parte de ella.
Si hay una figura que domina las calles de Laza, esa es la de los peliqueiros. No desfilan, irrumpen. Corren, imponen respeto y marcan el ritmo del entroido con el sonido seco de sus chocas. Representan la autoridad ancestral, una mezcla de juez, mensajero y símbolo del orden dentro del desorden.
Vestidos con trajes elaborados y cargados de significado, los peliqueiros no pueden ser tocados ni interrumpidos. Su presencia convierte el espacio público en un escenario ritual donde las normas habituales dejan de existir.
Las caretas de peliqueiro son auténticas obras de arte. Talladas y pintadas a mano, representan animales totémicos (lobos, toros, águilas) y coronan una estructura rígida que obliga a mantener la cabeza erguida. No son máscaras para ocultar, sino para transformar. Quien se viste de peliqueiro deja de ser individuo para convertirse en símbolo, heredero de una tradición que se transmite de generación en generación.
Otro de los rituales centrales es la morena de Laza, una mezcla de barro, agua y restos orgánicos que se lanza durante los días grandes del Entroido. La morena mancha, pesa y descoloca, pero también iguala: todos acaban cubiertos del mismo modo. Como ocurre con las hormigas o con la persecución de los peliqueiros, la morena cumple una función simbólica clara: romper jerarquías y devolver a la comunidad a un estado casi primigenio.
El Entroido de Laza no se adapta, no se suaviza y no se explica del todo. Forma parte de ese triángulo máxico de Ourense junto a Verín y Xinzo donde el Carnaval conserva una fuerza ritual difícil de encontrar en otros lugares. Aquí no se viene a mirar, se viene a participar. Y quien lo hace entiende rápido que hormigas, peliqueiros y morena no son excesos: son lenguaje.
Porque en Laza, el entroido no es una fiesta del calendario, es una forma de estar en el mundo, aunque solo sea por unos días al año.
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