“O río que nos move”: cuando el Miño fue navegado
LA REVISTA
Cinco jóvenes recuerdan el hasta ahora único recorrido integral del río gallego desde su nacimiento hasta el atlántico, que hicieron en 1985
“O río que nos move” es una exposición itinerante que sigue el curso del Miño, desde Meira en Lugo hasta A Guarda. En ella se muestra el testimonio fotográfico de una aventura épica llevada a cabo hace cuarenta años: la primera, y hasta ahora la única, navegación integral del río Miño, desde su nacimiento a su desembocadura, que idearon y materializaron cinco jóvenes, tres de O Rosal y dos de Verín. La exposición abrirá al público en Ourense el 25 de septiembre y permanecerá abierta en el Liceo de Ourense hasta el 19 de octubre. Cerca de un centenar de fotografías de Carlos Carrera, uno de los participantes de la aventura, conforman el eje central de una exposición que además viene acompañada de una banda sonora original, realizada por los músicos verineses Dani García y Álvaro Rúa (“Discorrer”) y Jorge Godás (“Minius”), además de coloquios y otras actividades.
Tenían entre 21 y 24 años el 20 de junio de 1985, el día que comenzaron una expedición de 317 kilómetros de navegación que les llevaría diez días. Carlos Carrera, Xurxo Estévez, Juanjo Otero, Santos González y Rafa Cid, que era el mayor de los cinco. Pero la aventura se había fraguado tiempo antes. La mayoría de ellos vivían a orillas el Miño, en O Rosal y el río formaba parte de su vida desde la infancia. “Al acabar el servicio militar fui a Madrid a comprar los planos de una canoa, con intención de construirla, con la ayuda de mi hermano, Suso, que era mecánico naval”, explica Carlos Carrera. Ambos, con Rafa Cid eran los promotores del proyecto. Una antigua granja de pollos les sirvió de astillero. Xurxo Estévez se unió, al igual que Juanjo Estévez. Una canoa ya no sería suficiente y decidieron hacer una segunda unidad, esta vez de poliéster, utilizando la de madera como molde. Tuvieron que aprender cómo hacer una embarcación con ese material y, cuando llegó el momento de ejecutarla se encontraron con que carecían de desmoldante para despegar la nueva canoa de material sintético la que había servido de molde. “Utilizamos grasa de cerdo que nos dio una vecina”, recuerda Carlos Carrera.
Santos González, también de Verín como Cid, sería el sexto tripulante. Pero Suso, diez años mayor que Carlos, no llegó a participar en la expedición porque poco antes de la fecha en que habían previsto iniciarla le surgió un trabajo.
No nace en Fuente Miña
Hace cuarenta años, cuando no existían ni teléfonos móviles ni mucho menos redes sociales, tampoco había mucha información sobre el Miño, a pesar de ser el gran río gallego, más allá de la que se podía encontrar en los mapas de carretera de la época. Llevaban las canoas, pertrechos y material de avituallamiento en dos coches y al llegar a Meira descubrieron que, pese a que todos habían aprendido en el colegio que el Miño nacía en “Fuente Miña”, Fonmiñá, en realidad el origen del padre de los ríos gallegos estaba en el Pedregal de Irimia. “Y allá fuimos”, recuerda Rafa Cid, “pero nos dimos cuenta de que no había donde echar las canoas al agua así que regresamos a la laguna de Fonmiñá”.
Los primeros ocho kilómetros de navegación fueron arrastrando las canoas por una selva de maleza y cicuta, hasta que finalmente ya pudieron empezar a remar por un Miño que se hacía navegable para esas pequeñas embarcaciones. Con caudal suficiente, la travesía se iba haciendo cada vez más cómoda. “Navegábamos una media de doce horas diarias. Empezábamos sobre las nueve de la mañana después de un suculento y muy energético desayuno y continuábamos hasta las nueve de la noche, con una parada para comer”.
A pesar de navegar con la corriente a favor, cada singladura tenía su dificultad. Unas veces, una cascada, como la que encontraron en A Fervenza, en O Corgo. Y en otras ocasiones el obstáculo les obligaría a sortearlo fuera del agua, como ocurrió con las cinco presas de las centrales hidroeléctricas de Belesar, Os Peares, Velle, Castrelo de Miño y Frieira.
La primera con la que se encontraron fue la de Belesar, una gran muralla de hormigón armado de 130 metros de altura. Para poder volver al cauce del río tuvieron que sortear una fuerte pendiente por un camino lateral que les obligó a bajar una a una las canoas, tarea en la que invirtieron más de seis horas. En la presa de Os Peares, que también tiene gran altura, contaron con la ayuda de personal de la presa, al igual que en Velle. En Castrelo de Miño, bajaron las canoas improvisando una cordada de alpinismo que se le ocurrió a Xurxo. “Xurxo era el hombre de los recursos, un explorador nato. Supongo que le venía de su pasión por el río, que tenía desde muy niño y conocía todo sobre el río, la naturaleza, el que nos sacaba de los apuros”.
Cada jornada terminaba con la localización de un prado, cerca del río, en el que montar el campamento. “Todo lo llevábamos perfectamente estibado en las canoas, con unas redes en los laterales y bajo los asientos, en espacios perfectamente estancos: ropa, tiendas, los camping gas con los que hacer de comer… Carlos llevaba su cámara con la que documentó fotográficamente el viaje”, recuerda Cid, “y a pesar de que hubo momentos de peligro, solo perdimos un camping gas, dos sombreros de paja y un remo, en los diez días que duró la navegación”.
El río bravo
El momento más complicado llega tras salvar la presa del embalse de Frieira, donde contaron la ayuda del personal de la instalación. Ahí empieza el Miño bravo. “Hubo algún tramo peligroso antes”, explica Rafa Cid. “En Os Peares, cuando nos encontramos con el Sil. Ahí nos dimos cuenta de que era bien cierto el refrán de que el Miño lleva la fama y el Sil el agua, porque las corrientes se volvieron muy intensas. Pero el punto crítico se produjo una vez librada la presa de Frieira, y más concretamente a partir de Arbo. Era una constante sucesión de rápidos, remolinos, grandes piedras, las pesqueiras que se utilizaban para capturar las lampreas… todo nos lanzaba de un lado a otro, unas veces hacia la orilla gallega, otras a la portuguesa. En uno de esos embates salieron despedidos y una roca rompió una de las canoas que nos obligó a parar para repararla”.
El 30 de junio de 1985, diez días después de haber salido del Pedregal de Irimia y Fonmiñá, los cinco llegan al encuentro del Miño con el Atlántico, entre Camiña y A Guarda. El presupuesto de la aventura, incluida la construcción de las dos canoas había sido de 33.000 pesetas (183 euros), pero que al cambio a valores de 2026 sería de algo más de 1.100 euros.
Ese fue el final de un viaje que nunca olvidaría ninguno de los cinco integrantes de la expedición y que, cuarenta años después comparten con el resto del mundo a través de esta exposición, para reivindicar el valor natural del Miño y su catalogación como itinerario cultural.
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