Venezuela, un tema complejo: otra vez entre el fuego y la sartén
OPINIÓN
No debiera haber ocurrido. Pero ocurrió. Y hoy nos encontramos, una vez más, con un pueblo que fue sacado del fuego solo para ser colocado en la sartén
Cuando los regímenes políticos pierden de vista el respeto por las instituciones, los derechos humanos, la ética y la honestidad, tarde o temprano colocan a sus pueblos al borde del abismo. Y a veces, sin reparos, los precipitan en él.
Venezuela es hoy la consecuencia visible de décadas de un sistema corrompido en sus valores esenciales. Un sistema que expulsó a más de siete millones de venezolanos de su propia tierra y que, sin prurito alguno, aniquiló una elección democrática. Pero ese deterioro profundo no debiera convertirse en licencia para la intervención de una potencia de primer orden. Porque hacerlo implica retroceder a los tiempos de la ley del más fuerte, anular conquistas internacionales fundamentales y erosionar un orden jurídico basado en el respeto a la soberanía de los pueblos.
No debiera haber ocurrido. Pero ocurrió. Y hoy nos encontramos, una vez más, con un pueblo que fue sacado del fuego solo para ser colocado en la sartén.
La pregunta es inevitable: ¿Tiene Estados Unidos el poder de actuar sin restricciones y con el aval de la comunidad internacional? ¿O tuvo, en cambio, la opción de colaborar genuinamente con los venezolanos ultrajados por un régimen opresor que no dejaba alternativa de sucesión? Si ese era el camino, entonces, en su condición de potencia militar, tecnológica y económica de primer orden, debió restaurar la democracia en Venezuela mediante el reconocimiento de quienes triunfaron en las últimas elecciones y fueron avasallados por el régimen de Maduro.
Toda otra alternativa de dominio e injerencia nos devuelve a la política del garrote. A la ley de la selva. A la pérdida de siglos de luchas por construir y ordenar una comunidad de naciones que no replique el sistema de los imperios.
Hoy se viven jornadas de alegría que contienen lágrimas. La expresión es de jolgorio, pero el ánimo toma recaudos. Es un festejo con sabor agrio, marcado por la incertidumbre y por la conciencia de que, una vez más, Venezuela sigue atrapada en una complejidad que no termina de resolverse, siempre oscilando entre el fuego y la sartén.
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