Pompilio Rodríguez, más de un siglo de memoria viva de Manzaneda
104 VELAS
El homenajeado celebró su cumpleaños en familia dejando una imagen difícil de olvidar: la de un hombre que, tras atravesar más de un siglo de vida, sigue siendo el centro del cariño de los suyos, marcando cada vuelta al sol como algo para festejar.
Hay cumpleaños que se celebran con una tarta y unas velas. Y hay otros que se convierten en un homenaje a toda una vida. El de Porfirio Rodríguez Domínguez, aunque para todos siempre ha sido simplemente Pompilio, pertenece a esa segunda categoría. Cumplir 104 años no sucede todos los días. Tampoco reunir alrededor de una misma mesa a varias generaciones de una familia que siente auténtica devoción por quien ha sido, durante más de un siglo, testigo de la historia de un pueblo.
La celebración tuvo lugar en el restaurante Paladium. Mientras compartían risas y recuerdos, la presencia del homenajeado despertaba la curiosidad de quienes festejaban otros acontecimientos. En una mesa cercana, una mujer que celebraba sus 40 años quiso acercarse para hacerse una fotografía con él. No era la única sorprendida. A los 104 años, Pompilio sigue despertando admiración.
Nació en la aldea de Trabazos, en el municipio de Manzaneda, en el seno de una familia numerosa de siete hermanos. Eran tiempos en los que la vida se medía por el trabajo, el campo y el esfuerzo diario. Más tarde, al casarse con Herminia, ambos fijaron su hogar en San Miguel, donde construyeron una vida tranquila y sencilla.
Quienes lo conocen coinciden en describirlo de la misma manera: un hombre amable, conversador y cercano. De esos vecinos que siempre tenían tiempo para intercambiar unas palabras y que acababan formando parte de la memoria colectiva de un lugar. Porque en San Miguel pocos hablan de Porfirio; todos hablan de Pompilio.
La vida también le reservó momentos difíciles. Hace alrededor de quince años perdió a su esposa. Nunca tuvieron hijos, pero la familia nunca le faltó. Tras enviudar, compartió hogar con una de sus hermanas en Raigada. Cuando ella falleció, fueron dos de sus sobrinas quienes asumieron el cuidado de su tío con el mismo cariño con el que él siempre había cuidado de los suyos.
Hoy reside en la residencia valdeorresa de Valdegodos. Allí nunca pasa una tarde en soledad. Siempre hay familia dispuesta a compartir un rato de conversación con él. Los más pequeños sienten una especial debilidad por Pompilio y son capaces de arrancarle una sonrisa incluso en los días en los que las fuerzas ya no acompañan tanto.
Porque el tiempo deja huella. El oído ya no responde como antes, la voz apenas supera un susurro y la salud se ha vuelto más frágil. Sin embargo, hay algo que permanece intacto: su memoria. Quienes hablan con él aseguran que conserva una cabeza privilegiada, capaz de recordar nombres, historias y vivencias de un siglo entero con una lucidez sorprendente.
Quizá ese sea el verdadero secreto de Pompilio. No solo haber vivido mucho, sino haber sabido rodearse de personas que lo quieren y que hoy le devuelven el cariño sembrado durante toda una vida. Porque en cada visita, en cada conversación y en cada abrazo se percibe que no están celebrando únicamente un cumpleaños. Están celebrando la vida de un hombre que ha visto cambiar el mundo sin perder nunca la sencillez.
Y mientras las velas se apagaban en el restaurante y los aplausos llenaban el salón, Pompilio sonreía discretamente, casi en silencio. A sus 104 años, sigue siendo el mejor ejemplo de que la verdadera riqueza no se mide en años cumplidos, sino en el cariño que uno deja a su alrededor.
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