Carlos Risco
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En el verano, cada dos años y siempre que termine en número par, tienen lugar de forma alternativa los dos principales acontecimientos deportivos que generan la máxima atención y el mayor interés a nivel internacional. De un lado los Juegos Olímpicos, cuya última edición tuvo lugar en París, en 2024. Y, de otro lado, este año, el Mundial de Fútbol, que se ha celebrado conjuntamente entre México, Estados Unidos y Canadá.
El caso de Cuba es uno de los más curiosos, porque los colores de su bandera están presentes también en su ave nacional, el tocororo, cuyo nombre tiene origen onomatopéyico"
La publicación de esta columna en miércoles, previo envío con antelación, hurta aquí el resultado de la semifinal más esperada, entre las selecciones de España y Francia, que se habrá celebrado ayer martes. Confiemos en que el desenlace haya sido el esperado en nuestro país y que la selección continúe avanzando con paso firme hacia la ansiada final que, de llegar a producirse, suscitará todavía mayor expectación.
Este tipo de acontecimientos suscita un fervor nacional tan difícil de explicar -particularmente, en un país como el nuestro- como fácil de percibir, incluso en los rostros de las personas aficionadas, literalmente adornados con su propia bandera. En estos días, por todo ello, hemos asistido a un festival de rojigualdas y tricolores, respectivamente, que, por desgracia para una de las dos naciones, habrá concluido ayer.
Ya dijo Ernst Cassirer que el ser humano es un animal simbólico, que no vive solo en un mundo de objetos, sino en uno de símbolos. Y los símbolos nacionales suelen imponerse porque una comunidad acaba viendo reflejada en ellos una parte de sí misma. Los pueblos no eligen sus símbolos por lo que son, sino por lo que cuentan de ellos. Y, entre otros, uno de los más significativos, como vemos por doquier en el Mundial, es la bandera.
Quién no recuerda, a este respecto, la célebre trilogía de los colores del director polaco afincado en Francia Krzysztof Kieślowski, azul blanco y rojo, cada uno identificado en un filme diferente con los valores de la Revolución Francesa: libertad, igualdad, fraternidad. Aunque esa gama cromática no es exclusiva del país galo, pues, con variados diseños, está presente en lugares tan distintos y distantes como, por citar tres ejemplos, Estados Unidos, Holanda o Cuba.
El caso de Cuba es uno de los más curiosos, porque los colores de su bandera están presentes también en su ave nacional, el tocororo, cuyo nombre tiene origen onomatopéyico. La cabeza y el pecho son de un intenso azul verdoso, el vientre es blanco y la parte inferior de la cola luce un rojo brillante. Esta combinación reforzó su identificación con la identidad cubana. Pero es el ave nacional no solo por su belleza, sino por el simbolismo que se le atribuye
Existe una creencia extendida en Cuba según la cual el tocororo muere si se le mantiene en cautividad, porque no soporta vivir encerrado; de donde nació la idea de que representa el amor por la libertad del pueblo cubano. Precisamente ahí radica en parte su interés. El tocororo es uno de esos casos en los que un animal trasciende su mera condición natural para convertirse en el símbolo político y cultural de todo un país.
Ciertamente, con Cassirer, los seres humanos no vivimos únicamente rodeados de cosas, sino de símbolos. Nuestra relación con el mundo siempre está mediada por el lenguaje, la religión, el arte, la ciencia, el derecho o los mitos. No vemos simplemente un trozo de tela: vemos una bandera. No vemos solo una piedra: vemos un monumento. No vemos únicamente un ave: vemos el tocororo, símbolo de Cuba. Y con él, la libertad.
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