Ramón Pastrana
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LA OPINIÓN
Alberto Tomba es el Dios del invierno. El equivalente en carne y hueso a Aquilón, un anciano con cabellos desgreñados. Y prudente. Tricampeón olímpico y bicampeón mundial, siempre fue un obseso de la seguridad. El primero en usar casco, espinilleras o manoplas, que renunció al descenso por miedo: “Si te haces daño en las disciplinas rápidas, arriesgas tu carrera”. Este domingo fue testigo de cómo sus temores tomaban tierra. Lindsey Vonn, icono absoluto del esquí, enganchaba su brazo en la cuarta puerta de la vertiginosa bajada de Tofane. La esquiadora perdía el control para ser alimento de una pista con rampas del 65% y velocidades de 140 km/h. La cinética formó con su cuerpo un ovillo indescifrable en el que se deflagraba el último baile de la campeona que osó desafiar los límites físicos para acabar revolcada entre la nieve.
Sobreviviendo en la nieve, Lindsey aprendió a congelar el tiempo. El discurso olímpico ha dulcificado los prodigios de Strugg, de Louganis, de Angle o de Fujimoto. Deportistas destrozados que se rehicieron para tocar el cielo. Este domingo, 8 de febrero, no hubo milagro.
Vonn llegaba a sus quintos Juegos con una rodilla de titanio y la otra deshecha. Un fárrago de lesiones del que siempre se levantó. La derecha ya le privó de Sochi 2014. Ahora era la izquierda, con el cruzado roto después de una tremebunda caída en Crans-Montana. Hace nueve días. “I’m going to do it. End of history”. Nada podía frenar su obstinación. Se lo había ganado a pulso. Tres medallas olímpicas y ocho mundiales; 84 victorias, 143 podios y cuatro veces campeona de la Copa del Mundo; Premio Laureus y Príncipe de Asturias. Lo dejó en 2019 y regresó en 2025 para convertirse, con 41 años y 52 días, en la más veterana en ganar.
Sobreviviendo en la nieve, Lindsey aprendió a congelar el tiempo. El discurso olímpico ha dulcificado los prodigios de Strugg, de Louganis, de Angle o de Fujimoto. Deportistas destrozados que se rehicieron para tocar el cielo. Este domingo, 8 de febrero, no hubo milagro. Vonn acabó postrada tras 12,6 segundos de una ensordecedora esperanza, quebrada con un silencio que derritió la nieve. “Oh my God, I can’t”. Su grito desgarrador colmó el valle.
La mujer que quiso competir con los hombres era evacuada, otra vez, en helicóptero. Un aplauso espontáneo le garantizaba su reinado infinito. Nadie quería este final, pero las alturas y los altares serán, para siempre, el hogar de Lindsey.
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