Chicho Outeiriño
DEAMBULANDO
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SUEÑOS DE OLIMPIA
Dos años antes de que el nazismo y Goebbels comprendiesen el papel del deporte como enganche irracional de masas y difusor de sus valores, el dictador italiano Benito Mussolini compró, preparó, dirigió y ganó su propio Mundial de fútbol.
El segundo puesto en el medallero olímpico de Los Ángeles 1932 animó al “Duce” a organizar la cita de 1934, previo soborno a la candidata Suecia y propuesta irrechazable a la FIFA: 3,5 millones de dólares, 8 estadios nuevos, conexión ferroviaria y repercusión mundial. Todo ello, a cambio del control absoluto del evento.
Una FIFA sin recursos aceptó el caramelo. Mussolini se frotó las manos y delegó en el general Giorgio Vaccaro el método. El objetivo, ganar y demostrar la superioridad física del nuevo hombre italiano, amén de la fuerza imparable del movimiento fascista.
No hubo límites. Italia reforzó su escuadra tras nacionalizar a cuatro argentinos y un brasileño. Pagó la renuncia de Grecia para evitar el partido de vuelta de clasificación. Seleccionó a su gusto los árbitros del torneo. Otorgó plenos poderes -también una espada de Damocles- al técnico Vittorio Pozzo.
Para los pequeños detalles recurrió a los ‘Camisas Negras’ y al OVRA. El primero, grupo paramilitar, se encargó de intimidar rivales, molestar su descanso y caldear los partidos. El segundo, el servicio secreto, se dedicó a espiar tácticas y -se dijo- mermar a los adversarios, manipulando su comida en los hoteles.
Mussolini se frotó las manos y delegó en el general Giorgio Vaccaro el método. El objetivo, ganar y demostrar la superioridad física del nuevo hombre italiano, amén de la fuerza imparable del movimiento fascista.
Pese a todo, Italia sufrió lo indecible para ganar. España, Austria y Checoslovaquia sólo cayeron por polémicas decisiones arbitrales. Quizá por ello, la pequeña Copa Mundial le pareció poco a Mussolini, quien entregó otra, seis veces mayor, con su imagen.
Ni el partido contra Inglaterra en la Eurocopa de 1996, ni contra Corea en el Mundial de 2002. Lo sucedido en el Mundial de 1934 fue el mayor robo deportivo a nuestro país.
España se presentó con una gran selección. Ricardo Zamora en portería, Jacinto Quincoces en la defensa e Isidro Lángara en la delantera. Se clasificaron tras un 11-1 contra Portugal y derrotaron en octavos a la temida Brasil (3-1).
El 31 de mayo se disputó la eliminatoria en Florencia, ante 43.000 espectadores. Regueiro marcó para España y Ferrari empató, mientras Schiavio rompía dos costillas a Zamora. El miope colegiado belga Louis Baert anuló un gol a España y permitió una batalla campal.
El empate obligaba entonces a repetir partido al día siguiente. España sufría siete lesionados por entradas salvajes de los locales, entre ellos Zamora y Lángara. Tal fue la batalla que el italiano Pizziolo rompió su propia pierna en una de esas acciones.
El escándalo tuvo repercusiones. La federación suiza expulsó de por vida a Marcet y la FIFA castigó duramente a Baert.
El segundo choque fue peor. Italia repitió estrategia y marcó a través de Meazza, mientras sus compañeros empujaban al portero Nogués. El árbitro suizo René Marcet anuló dos goles a una orgullosa selección española de suplentes. Tres de ellos, agredidos, no terminaron el partido.
El escándalo tuvo repercusiones. La federación suiza expulsó de por vida a Marcet y la FIFA castigó duramente a Baert.
En España, la prensa recolectó 15.000 pesetas para unas medallas de consolación. El presidente de la República, Alcalá Zamora, les entregó la Encomienda “Ofrenda Nacional a los bravos muchachos adelantados del ímpetu de la Raza”. Unos meses después, el PSOE, la UGT y la Esquerra intentaron un golpe de estado contra la República.
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