Miguel Santalices
TRIBUNA
Don Ramón Otero Pedrayo, arquitecto da Galicia contemporánea
Hace noventa años que se cruzó en la vida de Pablo Picasso una mujer extraordinaria. Ocurrió a comienzos de 1936 en el café Les Deux Magots, en el corazón del Barrio Latino de París. Ella se llamaba Henriette Teodora Markovitch (1907-1997), pero fue conocida en el mundo del arte como Dora Maar. Tenía entonces 28 años, Picasso le doblaba la edad. Tras los ritos y rituales propios del caso ella se convirtió en su amante oficial a mediados de ese año, justo cuando tenía lugar el golpe de estado de Franco y el comienzo de la guerra en España. Dora Maar, mucho antes de esta fecha, era ya reconocida como una gran fotógrafa ligada a la estética del Surrealismo, cuyas obras se habían expuesto en importantes galerías parisinas, publicado en revistas y catálogos de prestigio y se cotizaban en el mercado del arte. También pintaba.
Como es bien conocido, el gobierno de la República encargó al pintor a comienzos de 1937 una obra para ser expuesta en el Pabellón Español en la Exposición Internacional que abriría sus puertas en los jardines de Trocadero (París) a mediados de ese año. Sería un cuadro de formato apaisado y de grandes dimensiones que obligó a Picasso a alquilar un desván que convirtió en taller, muy cerca del café donde se habían conocido ambos artistas, situado en el número 7 de la calle de Los Grandes Agustinos. Fue allí donde se dieron cita Venus y Marte, el amor y la guerra.
Es igualmente de dominio público que Picasso tardó en encontrar la idea para su gran lienzo. El 26 de abril de 1937 aviones alemanes de la Legión Cóndor e italianos de la Aviación Legionaria devastaron la pequeña villa de Gernika y provocaron un gran número de muertos. Pocos días después algunos periódicos franceses e ingleses publicaron fotos que daban la medida de aquella masacre, imágenes que le fueron mostradas al pintor por sus amigos y por la propia Dora, siempre interesada en los asuntos de España. Aquel sería el tema y el título del cuadro y Picasso se puso a la tarea el 1 de mayo. Comenzó haciendo dibujos de formato pequeño hasta que el 11 de ese mes alumbró el primer estado de Guernica. Allí estaba Dora Maar para fotografiarlo y también estaba su rostro, con la belleza de una diosa griega, en la mujer de perfil que se asoma por una ventana portando una lámpara encendida en la mano derecha, la única figura que apenas sufrirá cambios en las sucesivas fases de la obra.
El 4 de junio Dora hace la última foto de la tela en el estudio de Picasso, el séptimo estado de la misma. Difería mucho del anterior: el pintor había suprimido definitivamente los collages que cubrían las figuras femeninas de los extremos, había pintado el pelo en el cuerpo del caballo, también las baldosas del suelo y resuelto definitivamente esa surrealista lámpara-sol-ojo que preside la composición y que es fundamental para comprender la obra. Se han propuesto varias interpretaciones de esta figura, pero en nuestra opinión representa el ojo de Picasso, quien como un demiurgo contempla el caos desde lo alto y lo ordena con la inteligencia y tenacidad propias de un gran creador. Si aceptamos esta interpretación, debemos considerarla un autorretrato del artista, quien pasó de este modo a ser un personaje de su propio cuadro. Así lo habían hecho Velázquez y Goya en sendas obras muy conocidas. Con estos maestros quería medirse él, ese era su deseo, y por tanto aspiraba a que Guernica se exhibiese algún día en el Museo del Prado. Había concluido de esta manera aquel apasionante proceso de creación y destrucción que a lo largo de un mes había tenido lugar en el taller del pintor. La cámara de Dora levantó acta del mismo.
Pero en 1993, cuatro años antes de que falleciera la artista, se produjo un giro inesperado
A partir de 1945, consumada la ruptura de la pareja de manera traumática, Dora Maar seguirá cultivando sus dos pasiones artísticas y manteniendo el contacto con amigos, coleccionistas, marchantes y con algunos pintores de renombre como Balthus, Nicolas de Staël y Lucien Freud. Tras superar un episodio grave de depresión se entrega a una religiosidad mística en la que no faltaron gestos de fanatismo. Vive entre su piso de París y el caserón destartalado que Picasso le había regalado en el pueblecito provenzal de Ménerbes y que acabó por convertirse en una metáfora de su propia vida. Se fue apartando poco a poco del mundo, aprendió a habitar la soledad y el paso del tiempo la condenó casi al olvido. Quedaba de ella el tópico de haber sido la amante de Picasso, la musa a la que había hecho algunos retratos memorables, como los que se pueden ver en el Museum Berggruen o en el Kunstmuseum Bassel, y la testigo privilegiada de aquella compleja metamorfosis que había supuesto la creación de Guernica.
Pero en 1993, cuatro años antes de que falleciera la artista, se produjo un giro inesperado. James Lord, un soldado estadounidense que permaneció en París tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y después logró trabar una sincera amistad con ella, publica en inglés el libro Picasso and Dora. A Personal Memoir, traducido en España en 2007. Lord afirma que ella le confesó que había participado con los pinceles en la ejecución de Guernica, “pues había ayudado a Picasso a trazar el pelaje de caballo”. Según esta fuente la obra había sido pintada mano a mano por ambos artistas.
En ese mismo año Dora Maar accedió a conceder una entrevista telefónica a la profesora de la Universidad de Barcelona Victoria Combalía y en ella pronunció sobre Picasso una frase enigmática: “Pero hay que recordar que los hombres son también ladrones de ideas”. ¿Qué ideas podía haberle robado el pintor a su compañera? Entramos en el terreno de la conjetura. Sabemos que él no había renunciado a utilizar una más amplia paleta cromática y solo en el último instante se decidió por aquellos colores con los que Dora había creado sus fotografías inquietantes y perturbadoras que hoy están expuestas en museos prestigiosos. ¿Lo convenció ella para hacer del cuadro un gran cartel político de más de 25 metros cuadrados empleando solamente el blanco, el negro y el gris para recrear aquella gran tragedia?
A partir de aquella entrevista, en el año 2013 Victoría Combalía publicó una magnífica biografía de la artista y en el capítulo 13 afirma que “Dora era una persona mucho más implicada políticamente que Picasso en aquellos momentos”. En la década de los treinta era una activista próxima a grupos de la izquierda radical. Se manifestaba por la justicia social, los derechos humanos y el pacifismo. Como se puede ver, la tela prescinde de cualquier elemento narrativo que aluda a la destrucción de Gernika, hay en ella solamente figuras simbólicas que remiten a las víctimas de la violencia de la guerra. ¿Será ir demasiado lejos suponer que el compromiso político de Dora Maar pesó de manera decisiva para que Picasso terminase pintando un atemporal icono antibelicista?
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