Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Café con Amancio Ortega en Zara
Faltaban pocas horas para que llegase el 25 de julio, festividad de Santiago Apóstol, y apenas unos kilómetros para que los pasajeros del Alvia llegasen a la estación de Compostela. Pero la muerte no permitió ni que el tren alcanzase su destino, ni que la capital gallega celebrase, como cada año, a su santo patrón. Caprichosa como un hijo consentido, quiso jugar con la vida y con el calendario. Y así fue como a las 20:41 cambió el rojo festivo del día más gallego por un rojo sanguíneo más luctuoso que el propio negro.
Decimos setenta y ocho u ochenta muertos, pero somos incapaces de figurarnos plenamente la tristeza de todas y cada una de las familias que han perdido a un ser querido. Leemos una cifra pero, detrás de ella, hay decenas de vidas y otras tantas historias de las que dan cuenta los medios: personas que iban al encuentro de sus viejos amigos o que volvían a casa para disfrutar de unos días en compañía de los suyos... Hombres y mujeres que subieron al tren creyendo que llegarían a su destino y que lamentablemente perdieron la vida en una curva fatal. Y, por descontado, otros hombres y otras mujeres que esperaban a alguien en un andén en el que, por causa de un trágico accidente, no se detuvo el tren.
'Así es la vida', solemos decir en estos casos, recurriendo a la taulogía. Y es cierto que, en muchas ocasiones, la vida es como la hemos visto esta semana: demasiado breve, fatalmente sorprendente e incluso cruel. Aunque, como necesario contrapunto, la vida también nos regala estampas alentadoras, como la de la unidad y la solidaridad frente a la tragedia. De ello son buena muestra los vecinos que auxiliaron a los pasajeros del tren siniestrado, los miles de gallegos que hicieron cola para donar sangre, los hosteleros que brindaron alojamiento a los familiares de las víctimas del accidente, los funcionarios que se incorporaron a sus puestos para poder colaborar en las labores de auxilio a los heridos... De ello es buena muestra el rostro desencajado de una España que contuvo la respiración durante días, estupefacta ante la magnitud de una tragedia que crecía hora tras hora.
Ahora ya sólo quedan preguntas. Falta averiguar cuál fue la causa de estas muertes, no ya para encontrar un culpable, sino para evitar que vuelvan a repetirse en un futuro. Y queda, sobre todo, esa pregunta de difícil respuesta que ahora se hacen muchas personas: '¿por qué a mí?'
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