Mi 20-N de 1975

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El 20 de noviembre de 1975 yo era un estudiante que acababa de iniciar la carrera universitaria. Con apenas 17 años, delegado de curso y acorde con la agitación intelectual y emocional de la época, no escapaba al interés general por la política. El contexto internacional ofrecía un acelerado proceso de saltos, de avances y retrocesos. El mayo del 68 representó la eclosión de las nuevas generaciones y el cambio de valores; Henry Kissinger firmaba la retirada de Vietnam en enero de 1973, a la vez que propiciaba el golpe de Pinochet en Chile. En 1974 se produce la inspiradora Revolución de los Claveles en Portugal y la socialdemocracia de Palme en Suecia o de Brandt y Schmidt en Alemania prefiguraba un modesto paraíso en la Tierra, justo cuando los partidos comunistas occidentales renegaban del dictado soviético. Todo ello creaba el caldo de cultivo, el fascinante telón de fondo, para el cambio.

La muerte de Franco era, sin duda, lo más cercano al fin de un cierto mundo que hasta entonces habíamos conocido

La inminente muerte de Franco la interpretábamos como el capítulo final de algo, un Régimen quizá, que había empezado a fraguarse con los juicios de Burgos de 1969 y el asesinato de Carrero en 1973. El evidente deterioro físico del viejo general, la larga agonía entre partes médicos escalofriantes, las caras sombrías en los jerarcas del sistema, anunciaban su propio final; lo sabríamos poco después. El 20-N de aquel año inolvidable, fue jueves. Día de la semana, mejor, noche de la semana, que entonces y ahora, los estudiantes vivíamos como si el mundo se fuera a acabar. La muerte de Franco era, sin duda, lo más cercano al fin de un cierto mundo que hasta entonces habíamos conocido. Se descorcharon, sí, las botellas de cava que nuestra exigua economía estudiantil nos permitió y brindamos por el fin de la dictadura y, sobre todo, por lo que a partir de aquel instante habría de venir: una esperanza y un deseo de cambio incontenibles.

En la perspectiva que da el tiempo, el 20-N fue, en efecto, el final de aquel régimen eterno cimentado sobre la guerra de nuestros padres y abuelos, mal comienzo para cualquier historia feliz, y también el inicio, con el cabo suelto de ETA, del mejor medio siglo de nuestra historia. Algo del todo inimaginable en la resaca de aquella jornada lejana. El presente y sus urgencias impiden a veces prestar atención y equilibrio al balance global de períodos históricos más amplios. Conviene tomar distancia crítica sobre cualquier tiempo pasado, pero viene hoy al caso agradecer los aciertos y la generosidad de tantos durante estas cinco décadas. Deberíamos ahora ser capaces de saber explicar, a los que ya vienen empujando, las dificultades, los procedimientos seguidos y los logros de la larga, apasionante y feliz tarea colectiva que entonces emprendimos.

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