23F, distracción

DÍAS Y COPLAS

Publicado: 26 feb 2026 - 12:55
Opinión en La Región
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España se concede un pequeño placer nacional y abre una caja de documentos desclasificados para comprobar que seguimos siendo un país capaz de entretenernos con nuestra propia historia. Toca el 23F, ese episodio que combina drama institucional, suspense, política, épica televisiva y un humor involuntario que ni Berlanga habría imaginado. Cada vez que se levanta un poco el velo documental, el país entero se acomoda en la butaca como si esperara el estreno de una serie que ya ha visto veinte veces, pero que siempre promete. Pena que el paquete no incluya un extra con el 11M.

La dimisión de Adolfo Suárez vista desde hoy, parece casi un acto de escapismo político digno de Houdini, pero que resultó un terremoto en mitad de un paisaje donde los sables sonaban más que los teléfonos y las máquinas de escribir. Si algo queda claro en estos papeles es que a Suárez lo dimitieron. Vivió la paradoja de ser el presidente que pilotó la transición y el líder al que su propio partido dejó caer con la elegancia de quien deja caer un jarrón viejo para justificar la compra de uno nuevo. Ironía histórica para ese caldo de cultivo donde su marcha fue el inesperado aperitivo que precedió al plato fuerte del 23F. Su renuncia fue presentada como un gesto de responsabilidad, aunque la realidad -esa señora tan insistente- apunta a que lo dejaron más solo que a un ujier en agosto. Y no solo por la oposición, sino por muchos de los suyos, que parecían más interesados en reorganizar el mobiliario del poder que en sostener al presidente que había pilotado el cambio.

Ahora, con los documentos sobre la mesa, el relato vuelve a reescribirse, reinterpretarse y, por supuesto, discutirse

Ahora, con los documentos sobre la mesa, el relato vuelve a reescribirse, reinterpretarse y, por supuesto, discutirse. Porque si algo nos gusta más que la historia es revisar la historia. Y aquí entran en escena, y no por casualidad, dos personajes gallegos para entender aquel vodevil: Manuel Fraga y Leopoldo Calvo-Sotelo. Políticos gallegos en Madrid que, no por casualidad, Galicia es tierra de paciencia y de una inteligencia política que no siempre se exhibe, pero que aparece cuando hace falta. Dos formas opuestas de ser gallego, pero ambas profundamente útiles en un país que, en 1981, necesitaba tanto firmeza como serenidad. Fraga observó el derrumbe del edificio centrista con la paciencia del que sabe que, tarde o temprano, la historia le dará otra oportunidad. Su papel en aquellos días fue el de un actor secundario con vocación de protagonista y convencido de que el país necesitaba orden, disciplina y, si era posible, un poco de él mismo. Calvo-Sotelo, por su parte, fue el heredero involuntario del trono centrista. Un hombre serio, discreto, casi académico, que acabó convertido en presidente por eliminación, como quien gana un concurso porque los demás concursantes se han ido marchando del plató. Su llegada a La Moncloa fue tan inesperada que ni él mismo parecía del todo convencido de haber comprado el billete premiado. Y, para colmo, le tocó estrenar el cargo con un golpe de Estado en directo, algo que no figura en ningún manual de bienvenida. Ninguno era gallego de postal, llevaban la retranca incorporada de fábrica.

Los documentos desclasificados hacen pensar que la historia española tiene un talento especial para la tragicomedia. Los protagonistas cambian y las interpretaciones se multiplican; pero el guion mantiene ese toque inconfundible de país que siempre parece estar improvisando, aunque en realidad lleva décadas ensayando la misma obra.

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