José María Eguileta Franco
DIARIOS DO PASADO
Escavacións arqueolóxicas nas orixes de Ourense: As Burgas (II)
Desde hace unos meses el choque entre el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez y Estados Unidos estaba servido. Tras la toma de posesión de Donald Trump como inquilino de la Casa Blanca, el presidente del Gobierno había tratado de no nombrarle, no enjuiciar la política interior estadounidense y limitarse a defender su posición y la de sus socios contra la guerra de exterminio desatada por Israel en la Franja de Gaza en favor de la solución de los dos Estados, como su apoyo sin fisuras a la posición de Ucrania tras la invasión de Rusia.
Muy pronto, Estados Unidos comenzó a lanzar la propuesta de que los países europeos debían aumentar sustancialmente sus inversiones en defensa, con la amenaza velada de retirar su apoyo que ha sido muy costoso a lo largo de los años, insistían en la Administración Trump. El secretario general de la OTAN, el “frugal” holandés Mark Rutte- alérgico a aumentar el gasto púbico- se plegó a las demandas estadounidenses, asumidas también por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen al proponer gastar 800.000 millones de euros para potenciar la defensa europea. A partir de ahí, la posición española comenzó a rechinar en el conjunto de la OTAN.
La primera medida de Sánchez fue adelantar el compromiso de aumentar el gasto de defensa hasta el 2% unos años antes de lo previsto, pero sin buscar la aprobación de ese movimiento en el Congreso porque sabía que sus socios no lo iban a aceptar. Su contraataque vino al señalar que el gasto en defensa no se circunscribe a la compra de barcos y aviones, sino también a las medidas de ciberseguridad para hacer frente a las nuevas guerras mixtas, y que se debe computar el gasto en esas dos direcciones. Más aún, Sánchez considera que se debe realizar un verdadero estudio de las necesidades defensivas de Europa y avanzar en una mayor integración de los ejércitos europeos de la que hay poco rastro.
Las razones de Sánchez, que no comparten los países nórdicos y bálticos, que sienten el aliento del oso ruso en el cogote, es que todo lo que se invierta de más en defensa se deberá detraer del desarrollo del Estado de bienestar
Con la proximidad de la cumbre de la OTAN a celebrar en la Haya, Sánchez se ha puesto al frente de la rebelión de otros países que se mantienen en silencio y en la retaguardia porque también consideran excesivo ese gasto pero que no se ha expuesto a la reconvención de Estados Unidos, que exige la unanimidad y el compromiso de que se llegue a ese nivel de inversión en 2035, cinco años después de lo inicialmente previsto.
Las razones de Sánchez, que no comparten los países nórdicos y bálticos, que sienten el aliento del oso ruso en el cogote, es que todo lo que se invierta de más en defensa se deberá detraer del desarrollo del Estado de bienestar. Por supuesto, trata que con su oposición a un incremento desmesurado del gasto en Defensa los socios parlamentarios aflojen la presión, le ofrezcan algún respiro, tras la crisis que tiene que afrontar por el caso de corrupción de la trama Koldo-Abalos-Cerdán.
Cuando distintos países no llegan al dos por ciento de inversión en defensa, y ninguno de ellos se acerca al cinco por ciento, parece irracional presentar un listón tan alto que Estados Unidos exige que sea real y no una promesa que pueda incumplirse. Las negociaciones sobre el gasto de la OTAN aún no han terminado, pero Sánchez llega a la cumbre con su propuesta de que se adopte un marco flexible y que en la declaración conjunta figure un “objetivo de gasto opcional”. Sánchez ha desafiado a Trump: veremos como se resuelve el pulso.
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