José María Eguileta Franco
DIARIOS DO PASADO
Escavacións arqueolóxicas nas orixes de Ourense: As Burgas (II)
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Cargaba con tantas enfermedades encima que ya era imposible diferenciar cuál de ellas le hacía más daño. Aunque la gota, supongo, podría haberla evitado de querer hacerlo. Los cortitos de cerveza no hacen daño. Decía siempre en el octavo.
Caminaba bastante encorvado, por el frío, o porque los días a veces tienen una magnitud inabarcable. Quizás fuese de andar con la mochila todo el día.
Nunca supe que llevaba el Marcos en la maldita mochila.
Nunca quise saberlo.
De joven había sido panadero, que todo el mundo le hacía la broma de la fariña. Él se reía, cómplice, porque en los momentos que el síndrome de abstinencia le cedía tiempo, el Mochilo era un tipo bastante gracioso. Además de panadero aseguran que fue un guapo, de esos de revista. Una vez se lo vi en los ojos. Un brillo débil de nostalgia exiliada.
En un acto de agilidad repentino el Mochilo le arrebató el bolso a una de las señoras que pasaban por allí. La pobre ni cuenta se dio.
Solía darle un euro cuando nos cruzábamos por la calle. A veces ni siquiera me conocía y solo giraba sobre sí mismo. Los pies hinchados y las manos rígidas con movimientos circulares como si estuviese jugando al futbolín. Isa hoy necesito dos euros para pagar la habitación. Isa tienes un pitillo.
Y si tenía, se lo colocaba dentro de la mano. Los dedos perezosos, desactivados.
Hablaba bajito, como si la voz se le hubiese desgastado, como si no tuviese importancia hablar, creo que a veces se le olvidaba como hacerlo.
Un día que llovía tanto tanto que los pies se deslizaban sin querer por el suelo de la zona vieja, vi al Marcos en la calle de La Unión. Desquiciado entre la gente que no le daba un duro. Y eso que en un despiste confesó sacar cincuenta euros diarios. Una cifra poco modesta. No era aquel día, que tenía las palmas de las manos vacías y la mochila no le abultaba mucho, y el paraguas no le tapaba lo suficiente.
En un acto de agilidad repentino el Mochilo le arrebató el bolso a una de las señoras que pasaban por allí. La pobre ni cuenta se dio. Él mantuvo la postura y la actitud impasible de quien se supone inocente. Pocos metros después la señora cayó en la cuenta de la falta de su propiedad y miró varias veces a cada lado en busca de alguien que tuviese aspecto de culpable.
El Marcos, al que le hubiesen dado un premio a mejor interpretación, se fue alejando con pasitos cortos, sin llamar la atención. Y al llegar a la altura del bar Judas aceleró cuesta abajo, como la gente que no corre pero sale a caminar rápido. Llovía tanto tanto que el agua casi te arrastraba por la inercia. Pero el Marcos que ya había perdido toda capacidad motriz resbaló de tal modo que bajó la calle a volteretas. A rebolos como dice mi madre.
Me acerqué con la preocupación de una desgracia, que el Marcos no aparentaba ser resistente a un accidente físico.
Me acerqué y solo dijo: tranquilo, la lluvia no mata las flores.
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