Itxu Díaz
CRÓNICAS DE INVIERNO
Destellos de belleza que anuncian buena esperanza
¡ES UN ANUNCIO!
El dolor casi nunca es instantáneo. Llega después, en los vacíos de las conversaciones, en el silencio de las habitaciones.
No sé cuántas cosas fuiste en tu vida, cuántas decepciones se te acomodaron entre los dedos, los dedos, que se te retorcieron tanto como la enredadera que subía por la fachada de casa. Pero sí sé que fuiste feliz en la mayoría de ellas.
La última vez que te vi me mentiste. Como lo hiciste siempre. Me dijiste que era el más guapo. Que es probable que se lo dijeses a todos, a tus hijas, a tus nietos. A los bisnietos. Yo me lo creí, como te creí siempre, en todos los cumpleaños, en todas las navidades. Porque tu mentira me calmaba, no dolía.
Todavía no me he acostumbrado a lo injusto de la vida. Y cada día que pasa me atemoriza más la idea de que no estés. De que algún día no estaré yo. O ella.
Ella te gustaba, lo sé.
He intentado hacer trampas en las partidas de cartas que jugábamos, que todavía jugamos los domingos. En el juego ese de hacer escaleras y tríos y tríos y escaleras. Me pillaron a la primera, porque no heredé de ti la picardía, tampoco la desfachatez. No soy tahúr ni procaz.
Que aquel mejunje con olor a brebaje medicinal que hacías, sí curó todas las gripes de todos los inviernos
Te robé un número incontable de chorizos de la nevera durante la adolescencia, de los que usabas para el cocido. Cuando llegaba famento a tu casa después del instituto. Tú te enfadabas y yo le echaba la culpa al abuelo, tú me creías por mi cara de bueno. O no me creías, pero asentías como lo hacen las madres que empatizan. Porque en algunas tardes fuiste más madre que abuela.
Y me gusta pensar que todas tus historias sucedieron tal y como las contabas. Que el abuelo te cogió de la mano en un autobús y nunca más te soltó. Que, de alguna manera, ahora que no estarás, todavía sigue sin soltar.
Que siempre fuiste más presumida de lo habitual, incluso al final, que montabas en cólera si te llevaban de paseo en la silla de ruedas con los labios sin pintar.
Me gusta pensar en la verdad de que el abuelo iba a hacer una película con Carmen Sevilla y le dijiste que ella o tú. Y él, claro, te escogió a ti.
Que aquel mejunje con olor a brebaje medicinal que hacías, sí curó todas las gripes de todos los inviernos. Aunque nos hiciese vomitar.
Voy a recordarte en infinidad de fotos. De cuando eras piloto de rally en un mundo lleno de hombres. Las fotos en Portonovo. En Madrid. En el salón del piso encima de la farmacia Bayón. Las fotos en Outeiro Calvo, en la casa que te quitó el banco.
Voy a recordar la noche que bebí de más, por ser joven de más, y me agarrabas la cabeza y decías “tranquilo reboliño que no te vas a morir”, y te quedaste sentada a mi lado hasta que me dormí. Y al despertar todavía seguías allí.
No sé si la gente se va a algún lugar cuando muere. Resulta absurdo pensar que se acaba y ya está. Pero, si lo hay, espero que te pongan vino para cenar.
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