Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Recuerdo lapidario
LAS CLAVES
La España que madruga, la que quiere estar informada, se paralizó poco antes de las nueve de la mañana del miércoles, cuando las emisoras de radio y de televisión cortaron los programas en antena para contar que en Urda, un pueblo de Toledo, acababan de chocar dos trenes de Alta Velocidad, un AVE y un Iryo. Como en Adamuz.
A lo largo del día fue llegando con cuentagotas la envergadura de la tragedia, se ensombrecieron los rostros, aparecieron las lágrimas de personas desconsoladas e incluso de quienes no conocían a ninguna víctima. Un pesado manto de tristeza cubrió calles, despachos, domicilios, comercios y transportes.
Se paralizó el país, y se paralizó la campaña electoral, que hasta las 8:53 de la mañana protagonizaba casi en exclusividad la vida política. Los partidos cancelaron sus actividades excepto Vox, decisión que en algunos sectores del partido no se ha comprendido. Tenían razón: el partido transmitía que sus dirigentes anteponían los intereses electorales a los sentimientos de un país unido por el alcance de una gran tragedia. El jueves, Vox presentaba en el Tribunal Supremo una querella contra el ministro Óscar Puente por homicidio. Pretendía así mantener su línea habitual de llevar los asuntos políticos a los tribunales y, probablemente, pretendían también los estrategas de Vox hacerse presentes cuando los dirigentes y candidatos de todos los partidos pensaron que, por respeto a las víctimas, dedicarían el día a expresarles su solidaridad.
Pedro Sánchez, desde el instante que conoció la noticia del accidente, fue consciente de que el optimismo que transmitía a su equipo se venía abajo. En su expresión gestual y en el tono de su voz, se advirtió que el nuevo escenario exigía una nueva línea de actuación. Acudió de inmediato a Urda -lo que no hizo en Adamuz nueve meses antes- pero evitó el encuentro con las muchas personas que llegaban a la localidad toledana, angustiados, por tener noticias sobre los familiares y amigos que viajaban en los trenes. El presidente pasó buena parte de la mañana en el Puesto de Mando Avanzado y al día siguiente compareció ante los periodistas. Hizo unas declaraciones dirigidas directamente a su ministro de Transportes, Óscar Puente, que había expresado su decisión de no dimitir. Sánchez respaldó implícitamente la posición del ministro al decir que no era el responsable del accidente: en las filas sanchistas, tanto personas del partido como en medios de comunicación afines a Sánchez, expresaron su opinión de que Puente debía dimitir. Por razones morales y también para no hacer daño al PSOE cuando faltaba un mes para unas elecciones generales.
El equipo de Sánchez ha entendido que lo que tiene que ofrecer hasta el 29 de noviembre es seguridad, orden y estabilidad
El accidente de Urda obligó al PSOE a dar un giro absoluto al planteamiento de su campaña electoral.
Sánchez no puede mantener el mensaje sobre la fuerza del amor, ni los chistes con los que trata de descalificar a sus adversarios, los memes, ni los bailes. A todo ello se suma que la Junta Electoral Central le ha abierto un nuevo expediente por volver a utilizar medios públicos para hacer propaganda electoral, ahora con un video grabado en el museo Reina Sofía ante el “Guernica”. Se le acabó la bula, a él y a sus ministros.
Un profesional de la estrategia electoral que ha colaborado con el PSOE en varias ocasiones explica que el accidente de Urda ha sido demoledor en el aspecto político, porque al sanchismo se le suman los sentimientos de dolor, injusticia y enfado que invade a gran parte d ela población, con la necesidad de transmitir a esa población que tiene su capacidad de tomar decisiones que impongan orden en una España que atraviesa sucesivas tragedias y pide a gritos estabilidad.
La campaña socialista, explica el politólogo -pide que no se publique su nombre para expresarse con más libertad- se había centrado en provocar una extensa movilización social, con la izquierda y extrema izquierda como protagonista, para impulsar que los abstencionistas acudieran a las urnas, se “mojaran” ante la necesidad de parar los pies a la ultraderecha que acabaría con la España de las libertades.
Se presentaba el PSOE como impulsor de un gran cambio social que afectaría a los problemas más acuciantes, con la vivienda y los salarios dignos como prioridad. Todo eso se ha venido abajo ante el hecho constado de que no cuenta el sanchismo con las personas adecuadas para emprender los retos sociales. Ni las infraestructuras, ni la vivienda. El caso Maricarmen sirvió para lo que sirvió, utilización de un caso con nombres y apellidos. Pero la verdad es dura y se ha demostrado que hay infinidad de Maricármenes que llevan años arrastrando problemas de desahucios sin que el que sanchismo tome medidas eficaces. Los desahucios no forman parte de esta campaña sanchista.
Las consecuencias de la tragedia de Urda son evidentes: han acabado las revueltas callejeras –si no alentadas sí utilizadas por el PSOE-, hasta el punto de que la recién nombrada delegada de gobierno de Madrid ha dirigido un mensaje a los acampados en la Puerta del Sol en el que pide que la abandonen voluntariamente.
El equipo de Sánchez ha entendido que lo que tiene que ofrecer desde ahora hasta el 29 de noviembre es seguridad, orden y estabilidad. Señas de identidad del centro derecha internacionalmente y que ahora tendrá que asumir el PSOE si quiere tener un resultado digno el 29-N. Sánchez ha asumido que no va a ganar y empieza a asumir también que tanto el PSOE como sus socios sufrirán una importante bajada de escaños en las próximas elecciones. Busca mantenerse por encima de los 100 escaños… pero los accidentes de alta velocidad pegan de lleno en la imagen del PSOE como partido de gobierno eficaz.
No la ha ido bien a la izquierda el intento de presentar listas conjuntas en algunas provincias para no dividir el voto. Lo que sí han logrado PSOE y Vox, a pesar de las dificultades iniciales por la desconfianza mutuas entre los dos partidos. Hoy la España electoral se ve obligada a tomar opción por uno de los dos grandes partidos, los que dirigieron la Transición, tan denostada por el sanchismo. Este 29-N se visualizará la práctica desaparición de partidos regionales y extremistas que habían logrado representación parlamentaria.
En esa lucha de grandes, hoy Sánchez se encuentra muy debilitado, más aún ante el accidente de Toledo, que no se ha afrontado con la suficiente sensibilidad: Sánchez se ha empecinado en mantener a Puente, lo dicen los suyos, porque cesarlo significaría asumir que el gobierno es responsable de lo ocurrido en Urda. “No ha entendido nada”, comenta con gesto dolorido un ex colaborador suyo.
Feijóo mantendrá hasta el día 29 la estrategia marcada por el equipo de campaña, en el que tiene un papel importante Miguel Tellado; sigue siendo el hombre de máxima confianza del presidente del PP, y con el tiempo se ha ganado el respeto de parte del partido que no le tenía excesivo aprecio. Cuenta Feijóo con dos bazas promovidas por él mismo: : los números dos y tres de la lista de Madrid, Cayetana Alvarez de Toledo y Borja Sémper.
Mujer de verbo incisivo la primera, inteligente, que podría captar a votantes que se sienten cómodos con el discurso duro de Vox; en cuanto a Borja Sémper, es político de larga trayectoria, que cae bien, cercano, y con un discurso moderado.
Feijóo afronta la campaña con más fuerza verbal que las anteriores, más duro con el sanchismo. La centra en vender gestión, gestión y gestión… un valor del que carece el sanchismo, como se ha demostrado una vez más estos días. Con un hecho de máxima gravedad en el que ha quedado de manifiesto que el ministerio de Transportes no dio prioridad a los sistemas de seguridad en los trenes.
La suerte está echada para Sánchez y para Feijóo. Para bien, o para mal, el centro de la campaña se ha trasladado desde Maricarmen, la violencia callejera, la convocatoria de la huelga general -política- o las complicadas alianzas en la extrema izquierda, a un solo asunto, un solo nombre: Urda.
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