Digan lo que digan, los pelos del culo abrigan

¡ES UN ANUNCIO!

Publicado: 31 oct 2026 - 06:40
Opinión Isaac Pedrouzo
Opinión Isaac Pedrouzo | La Región

Todas las decisiones imprescindibles de la vida suelen estar en los mismos sitios. En la cocina. En el baño. En la sala de estar. La tortilla y la cebolla. El papel higiénico y las toallitas. El chaise longue. Decisiones fundamentales que uno no puede abandonar al destino insostenible de lo ingenuo. Imagina que, por dejarte llevar, en la despensa de tu casa el tomate fuese Orlando y en la nevera la cerveza Mahou. O incluso peor, decidir que, teniendo un bidé, es innecesario limpiarse con papel.

Nadie entendió por qué Emilio había hecho aquello. Por la arrogancia del ignorante supongo, o por la privacidad que otorga el silencio.

Pero nadie, ni siquiera Emilio, entendió por qué aquel viernes por la tarde se había afeitado los pelos del culo.

Ojalá alguien, cualquier persona aún de credibilidad dudosa, le hubiese dicho que no, que el refrán es cierto y se encuentran ahí por algún motivo. Más allá de abrigar. Ojalá me hubiese llamado. Le diría que, sin los pelos del culo, todo se convierte en una auténtica mierda.

Mirando de manera intermitente para no parecer una especie de voyeur depravado. Pero los amigos están para eso, para cuando vas de culo.

Al principio no le molestaba la ausencia de tales elementos de estructura cuanto menos endeble. Una sensación nueva de suavidad solo comparable a algún anuncio comercial de pañales le friccionaba entre las nalgas. Así debe de ser la sensación de sentarse en una nube. Pensó. No cuestionó, sin embargo, todos los contratiempos.

Nadie entendió por qué Emilio decidió, también, en mitad de la bruma del Jato Negro, legendario garito local, sacar del bolsillo del pantalón su nuevo perfume de Loewe. Para presumir, supongo. O por un acto de fanfarrón de barrio. Su siguiente decisión fue perfumarse justo ese sitio, la restreba perineal. Tendré el culo con mejor aroma que jamás nadie haya tenido. Sentenció chupito en mano. Fueron dos minutos, apenas tres, que el escozor del esfínter se volvió insoportable. Lo noté en los ojos llorosos, en el vacío de la conversación. Tras la confesión de la tortura anal que estaba padeciendo lo acompañé al baño. Se bajó los pantalones hasta dejar los glúteos al aire y se inclinó de tal modo en que yo podía salpicarle agua desde el grifo del lavabo con la mano. Sin tocar. Como quien quiere acertar con una escopeta en la atracción de feria. Mirando de manera intermitente para no parecer una especie de voyeur depravado.

Pero los amigos están para eso, para cuando vas de culo.

Se abrió la puerta de repente. La ausencia de respeto en los baños de los bares.

Asomó el Gelo, ilustre personaje que había aporreado las canciones de Los Suaves y gerente de aquel Jato Nejro.

Esto no es lo que esperaba encontrarme en el baño. Y cerró la puerta de nuevo.

Emilio y yo salimos después del tiempo justo que desaparece la vergüenza, cabizbajos encarando la salida.

El Gelo solo dijo, ya me dirás que colonia llevas, es el mejor olor.

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