Chicho Outeiriño
DEAMBULANDO
Los más de mil apodos de Benchosey… y los nuestros
CRÓNICAS DESDE LA RIBEIRA SACRA
Nuevos tiempos de incertidumbre. Se impone la vigilancia sobre lo que se escribe, o se comenta sobre el que un juez investigue casos de posible corrupción. Y se airea que el sujeto del caso sea objeto de una persecución “cruel”, “terrible”, “inhumana”. La hipérbole no tiene límites. Da voz a una nueva terminología enmarañada por sutiles eufemismos. Las crisis de producción se definen como una forma de “desaceleración económica”; el soborno, un “tráfico de influencias”; la señora de la limpieza, como una “empleada del hogar”, la guerra de Rusia contra Ucrania “un conflicto armado”. No hay matices ni medias tintas. Eufemismos; enmascarar la realidad bajo una sutil prosopopeya. La palabra siempre es un instrumento de poder y de humillación. En los primeros años del covid, la prohibición ilegal de no salir a la calle a ciertas horas se definió como una “restricción de movilidad nocturna”. Épocas de incertidumbre que estudia el gran sociólogo Zygmunt Bauan, y define como “modernidad líquida” o época de “tiempos líquidos”. De René Descartes (cogito, ergo sum), heredamos un racionalismo basado en la autenticidad de lo que se dice (su verdad). Pasados los siglos se desvía en incertezas Kantianas, a su irrefutable idealismo. La estética de lo vulgar banaliza las cantos de perfumes de las influencers; y la niña shoni, joven, esbelta, narcisista, asume el movimiento wokista que surge a partir de la muerte del afro-americano George Floyd, arrestado en Minneapolis por la policía por usar un billete falso de un dólar. Sobre el suelo, con las rodillas del policía sobre su cuello, y pese al ruego “¡que no puedo respirar!” muere asfixiado. El sulfúrico grito del Me Too (Yo, también) provocó otra una gran repulsa por el comercio sexual con ramificaciones al mundo del cine y a distinguidos políticos, aristócratas y adinerados.
La palabra es la gran herramienta del político: la palabra hablada, escrita, leída, comentada, declamada. El político, como el filólogo, trabaja con la palabra: la lee, la escribe, la ausculta, la examina, -manifestamos en una ocasión -la silencia, la moldea. Lo proclamó el famoso filósofo Heidegger: el lenguaje es la casa del ser. Es el origen de la Historia. Confucio, el lejano filósofo chino, fue contundente: “cuando la palabra pierde su significado, la gente pierde su libertad”. Y siglos más tarde, el dramaturgo griego Sófocles: “una palabra es suficiente para hacer o deshacer la fortuna de un hombre”. La palabra es también canto, alegría, enunciación; el gran signo de las culturas. Se hace alegoría (el significado de otro significado) en La divina comedia de Dante; memoria doliente y enamorada en Garcilaso de la Vega; es camino por un mundo imaginado en Don Quijote; renovación e innovación en las Soledades de Luis de Góngora; símbolo de identidad en los Cantares gallegos de Rosalía de Castro, intimismo existencial en José Ángel Valente, y un vívido callejear por las rúas de A esmorga de Eduardo Blanco Amor.
La palabra es la gran herramienta del político: la palabra hablada, escrita, leída, comentada, declamada
La palabra es “Puedo escribir los versos más tristes esta noche” del poeta chileno Pablo Neruda. Es el “Despierte el alma dormida y contemple / cómo se pasa la vida / cómo se viene la muerte / tan callando” de Jorge Manrique. La palabra mueve los cimientos de nuestro inconsciente. Y también es insulto, agravio, disculpa y es también perdón. Es enfrentamiento y también diplomacia. Es tropiezo y también rectificación. Es abuso, derroche, verbalismo, demagogia, populismo: “¿por qué no te callas?”. Y también silencio. Es ardiente confusión en la mente del místico y depravación rayando en el insulto y en la degradación moral. Así en boca de Donald Trump, advirtiendo a sus adversarios: “They don’t know what the fuck they‘are doing”; un coloquialismo que raya en lo vulgar, impropio (fuck) de un prepotente mandatario.
La historia es una gran hilera de palabras, unas detrás de otras, formando oraciones simples y complejas. Es la realidad de lo escrito. Lo que está escrito, escrito está: el bíblico Quod scriptum, scriptum est. Hay palabras que se dan y se pierden; que sirven de rescate (I love you). De acuerdo con Unamuno, el filólogo siempre está en lucha con la palabra, desentrañando sus arcanos sentidos, su logos. La palabra como insulto en una radical negación de su origen babélico.
A modo de conclusión, y raiz de la contienda política del actual Gobierno, vienen a cuento los consejos que Don Quijote le pasa a Sancho durante su estancia como gobernador de la “Ïnsula barataria” (II, 51): “No te muestres, aunque por venganza lo seas -lo cual yo no creo-, codicioso, mujeriego ni glotón: porque en sabiendo el pueblo y los que te tratan tu inclinación determinada, por allí te darán bateria (te combatirán, te atacarán), hasta derribarte en el profundo de la perdición”. Siempre tan actual y tan de ahora.
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