¡Adelante, hombre del seiscientos!

Publicado: 29 jun 2026 - 05:50
Opinión en La Región
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Los escasos lectores jóvenes que tendré de mis artículos si es que hay alguno, seguramente no entenderán ni papa del título de esta columna.

Los mayores en cambio sí, lo entenderán todos y todas. La frase pertenece a una divertida canción de Moncho Alpuente cuyo estribillo decía así: “¡Adelante hombre del seiscientos,/ la carretera nacional es tuya!”

El “seiscientos” era el inolvidable Seat 600. El primer coche que los sufridos españoles del tardofranquismo pudieron comprar con gran esfuerzo en los sesenta, a plazos y a base de dejar de comer y ahorrar hasta en el papel higiénico Elefante para lanzarse, embutida toda la familia abuela incluida, en aquella diminuta carcasa de chapa ruidosa y renqueante a conocer el mundo que había a setenta u ochenta kilómetros más allá de su casa. ¡Por fin!

Como una expedición de adelantados tipo Cabeza de Vaca, Núñez de Balboa, Francisco de Orellana, Diego de Almagro, Ponce de León o Álvaro de Mendaña, los españolitos de a pie se lanzaron a explorar las entonces aun casi inexistentes carreteras y numerosas pistas de tierra de la geografía española. Fue un boom.

Mucha gente cree hoy que la Transición española empezó en 1975 con la muerte de Franco y lo que ocurrió a continuación en las altas esferas de la política de nuestro país. Pero no es así. La Transición empezó mucho antes. En los sesenta. Lentamente. Y empezó justo con el Seat 600, aquel coche enano con aspecto de bolita de pelusa extraída del ombligo y cuyas puertas se abrían al revés. Esto ya resultaba significativo si hubiéramos sabido interpretarlo correctamente.

La Transición empezó con las primeras suecas que vinieron a España de vacaciones y se pusieron en bikini en las playas de Torremolinos y Marbella para escándalo, y probablemente también disfrute, de obispos y beatas de velo y mantilla negra en misa de doce. La Transición empezó el día en que entró en nuestras casas la televisión, regalándonos primero una absurda pantalla negra o una imagen fija, la carta de ajuste, o una ruidosa y zumbona nieve eléctrica de brilli-brilli en blanco negro y gris sin ninguna programación que ver. Ahí empezó la Transición. Con el Seat 600 en la vida real y con la tele en la vida imaginaria y soñada. Con los dibujos animados de “El Pájaro Loco” o del “Oso Yogui”. Con series como “Hechizada” o “Perdidos en el espacio”, a las que seguirían otras en los setenta tipo “Kung Fu”, “Starsky y Hutch” y hasta “Los Ángeles de Charlie”.

¿Y si los derechos humanos, la memoria histórica, la democracia, la justicia y la libertad no fueran un producto del pensamiento sino solo una consecuencia inesperada de máquinas que construimos como el cine, la televisión o una simple lavadora?

De hecho en la India hoy millones de mujeres gracias a una lavadora ya no tienen que bajar a lavar la ropa, arrodilladas, a las sucias aguas de Ganges cada día.

¿Entonces qué?

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