Adoquines bajo el asfalto de avenida de la Habana

LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ

Publicado: 22 abr 2026 - 07:17 Actualizado: 22 abr 2026 - 08:09
Los adoquines
Los adoquines | Miguel Ángel

Debajo de la vida de superficie está la vida verdadera. Una herida abierta en el asfalto enseña el adoquín de adentro como un descosido irremediable, como un tropezón de tiempo, como aquellos calcetines. La calle enseña el hueso. Aquí está, el suelo que pisaron otros cuando Auria era todavía un vividero honesto, antes de la conjura generalizada de sus habitantes y pequeños habitantes-dirigentes para echar abajo los edificios más hermosos, invitar al coche y al ruido como ciudadanos de primer orden y talar cada árbol y cada hierba hasta parir esta ciudad fuera de todo tiempo y todo destino. Auria va hacia ninguna parte. Los únicos que conocen su destino son sus tres ríos vecinos, que saben bien a dónde van y siguen yendo, aunque los trunquen con presas de hormigón, embalsen sus quebradas, los atraviesen de puentes incultos y envenenen sus aguas. Ellos sí saben cuál es su destino.

Es un pasaporte a otro mundo que nos habla de cuando las calles que se empedraban para un pasar despacioso de carros y algún autobús arcaico, porque las personas, los residentes, los vivientes, seguían siendo los titulares de la ciudad y no sus víctimas

En este adoquín que asoma en la Avenida de la Habana, donde arranca la diagonal que llaman Juan XXIII, el asfalto se hace grieta y la grieta desconchón. Es un pasaporte a otro mundo que nos habla de cuando las calles que se empedraban para un pasar despacioso de carros y algún autobús arcaico, porque las personas, los residentes, los vivientes, seguían siendo los titulares de la ciudad y no sus víctimas. El firme está abierto en muchos lugares de estas calles-carreteras, asfaltadas y hormigonadas para premiar la velocidad y la competición, porque en Auria el tráfico es un rally y el coche es el verdadero ciudadano de privilegio. Lo saben los viandantes, convertidos en coche-esquivantes, moto-esquivantes, patín-esquivantes.

El tráfico es implacable y parece haberse vuelto más violento e incontrolado desde que se le ha cerrado el acceso al centro (gracias, Europa por tus leyes ambientales), haciendo de las calles aledañas una circunvalación de altas velocidades para las que no existen cámaras, ni radares, ni policía ¿alguien ha conseguido ver a la policía corrigiendo los desmanes del tráfico o multando a algún patinete que va mangado por la acera? El tráfico a motor incontrolado, sin pacificar, es un reflejo de los plenos municipales, una jungla de vocingleros incapaces de donde salen ideas y propuestas mal pensadas, como ese servicio de bicicletas que se disponen a estrenar y que será, además de un gasto tremebundo, un fracaso que se cobrará accidentes y desgracias.

Desde aquí, desde esta raja en el suelo, se vería el puente romano y el viejo bosque de ribera que también han convertido en carretera y absurdez. Uno quiere ver en este adoquín humilde toda la belleza pasada y esa lentitud tan reclamable que van recuperando en todas las ciudades menos en esta. Porque las ciudades son lugares para vivir y para pasear. Necesitamos más adoquín y menos asfalto. Más árboles y menos plazas duras. Más jardines y menos terrazas. Se trata de vivir, no de infartar. De caminar, no de comprar. De saludarse y ser saludado, de ejercer la vecinación y de disfrutar de la maravillosa escala de una ciudad antigua y caminable en la que reconocer a tus vecinos. Ese adoquín que conseguimos ver en la grieta del asfalto no es un fallo de mantenimiento ni un error. Es un llamado a la oportunidad. Un recuerdo de que hay una ciudad posible por debajo de esta imposible de superficie. La ciudad del adoquín tendría límites. Y con sus límites, certezas. Este asfalto que ahora se resquebraja nos ha dejado sin límites y nos ha tapado también las certezas. Que se abran estas cicatrices para que la ciudad se reencarne a sí misma. Secretamente, todos lo esperamos.

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