Paz al volante, gasolina en las venas

LA OPINIÓN

Publicado: 14 jun 2026 - 06:10
Eduardo Paz al volante, en el Rally de Ourense.
Eduardo Paz al volante, en el Rally de Ourense. | La Región

Desde 1967, el pecho de Ourense se hincha con una carrera que emergió del orgullo de un pueblo. Todo salió de la testa de un brujo. Un alquimista de manos mágicas y mente preclara que convertía en oro todo lo que tocaba. Creó una competición llena de estrellas, una escudería que la nutriese de laureles nativos y una criatura mitológica, el Alpinche -mitad Renault Alpine, mitad Porsche- que alimentase la leyenda de la ciudad.

Don Estanislao Reverter fue el primer profeta. Beny Fernández, su discípulo. Y la tradición continuó deslizándose como un nordés. Viajó más allá del Padornelo y engordó su caché con Etchebers, Puras o Fuster. Pero para los de aquí siempre era algo más. Recogían ese legado como un neonato, amamantado de boca a boca por la misma pasión colectiva de la que brota el folclore. Pavón, Peitos y el héroe del nuevo milenio: Rantur.

A Jorge González lo vio casi ganar un adolescente que, como muchos otros, se agolpaba en las cunetas de los tramos más abruptos. Y aquello fue más que suficiente para avivar una llama que ya había prendido mucho antes. Eduardo Paz Vilarchao iba al rally de la mano de sus tíos, de su padre y de su abuelo. Pasaba la noche en vela, completamente extasiado ante el desfile de bólidos que le aguardaba. Con diez años ya podía hacer el tramo de Toén con los ojos cerrados, de tantas veces que sisaba las llaves del Volkswagen 3 cuando el yayo jugaba la partida. Aquel era el sustento de sus sueños, pues hacerlo en un coche de competición, se veía demasiado lejos. Una absoluta quimera para una familia humilde que no podía destinar recursos a un deporte prohibitivo. Pero Edu abrazó la utopía.

Es un témpano al volante y eso parece la mayor contradicción. Porque sus venas eyectan gasolina y su pulso bate a cuatro tiempos. Las gestas de McRae, Sainz o Makinen lo forjaron, pero sabe que el diamante es la madurez de Loeb.

En la veintena reescribió la historia. Desde la tienda de recambios RMO, formó parte de la interminable cadena de restauración del Alpinche. Colaboró en la organización de la Copa Seat Marbella y, como la hormiga, fue juntando fichas hasta que pudiese ser él el protagonista.

Con 30 entró en la Escudería Ourense y le espetó a Julio Bouzo que quería correr el rally. No podía escoger mejor momento: el 50 aniversario de esta locura que nos atraviesa. Desde entonces, ya son diez ediciones consecutivas pontificando en Ourense; siempre con su inseparable escudero Adrián y a bordo del mismo Renault Clío que Vallín encumbró en Monte-Carlo.

El año pasado Edu se doctoró con un decimosegundo lugar en aquella carrera inolvidable en la que Pardo volvió a dejar el título en casa 43 años después. Ayer cerca de las siete de la tarde, los dos estaban fuera. Lo del alaricano era insalvable pero la incomprensible avería del Clío, podía ser arreglada. Hoy, pasadas las diez de la mañana, el dorsal 26 estaba en Taboadela para poner las cosas en su sitio y volver a demostrar que, pese a no disponer de las mejores herramientas, E. Paz y A. Pérez saben volar.

Edu no tiene rituales. Carece de manías. No gusta de alardes ni excentricidades. Es un témpano al volante y eso parece la mayor contradicción. Porque sus venas eyectan gasolina y su pulso bate a cuatro tiempos. Las gestas de McRae, Sainz o Makinen lo forjaron, pero sabe que el diamante es la madurez de Loeb.

Edu es un tipo normal, tranquilo, que, una vez al año, se transforma. Se mete en una cabina para enfundarse el mono y volver a ser el niño que iba al rally con su padre Eduardo y su abuelo Loxo. Hoy es él quien lleva de la mano a sus hijos. Porque más allá de los podios y del champagne, nuestro rally va de esto.

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