Negarse a uno mismo una intimidad opípara
COSAS QUE NO CONVIENEN
1 Echarle huevos. Y atreverse a vivir fuera de toda norma absurda y hacer rutina con lo que nos parezca bien. Recordar aquello que ya sabían los griegos: que para ser feliz hay que ser libre y para ser libre hay que ser valiente.
2 Hablarle al chaval de la foto. Reconocer esa sonrisa y aquel brillo de ojos. Recordar los sueños viejos y la sed de aventura que permanecen. Preguntarle cómo va todo y asegurarse que no esté decepcionado con este señor que se ha apoderado de aquel cuerpo flaco.
3 Hacer crujir el suelo. Siempre aposta, en ese sitio que sabes que cruje. Regalarse la musiquita de los viejos tablones de castaño como un llamado privado a los antiguos moradores de la casa, que la siguen habitando contigo como buenos seres del trasmundo.
4 Enterrar a la pobre musaraña. En ese pequeño cementerio de ratones desmembrados y algún pajarillo bajo el sauce llorón. Apartar al gato de su víctima y despistarlo con un vaso de leche. Que descansen en paz todos los muertos de estos centinelas implacables.
5 Recibirse a uno mismo. Y dejar sonando en el estéreo una lista de oberturas para sentirse un señor feudal al regresar del jardín. Adaptar el paso a la línea de violas y clarines y performar, mientras se suben las escaleras, una marcha secreta, espléndida, bajo un protocolo puntual atendido por mirlos, pinzones y alguna lagartija.
6 Susurrarle a la ninfa. Que ya habita el pequeño estanque que has construido con una bañera reciclada y un transplante de flores acuáticas. Sentarse en el banquito de leño y limpiar el pensamiento con el murmullo de la fuente diminuta. Permitir que el agua, memoria de toda vida, se apodere de nuestro sencillo espíritu.
7 Temblar con el cielo. Y recordar que apenas eres un bicho mortal que disfruta un instante incomprensible como invitado en este planeta. Recolocar esa pequeñez regresando a nuestra condición primigenia de espectadores de la vida.
8 Reconocer el jardín. En paseos suavecitos, saludando al árbol creciente y al adulto heredado. Apartar con los dedos el pulgón de la dalia. Imaginar a la glicina colonizando la barandilla y preparar el alma para la sombra descomunal, de sol rojo filtrado, cuando el enorme arce ocupe su espacio.
9 Saludar a la sombra. Que se desdobla de ti cuando ruedas en bicicleta con las primeras luces. Reconocer lo que queda al despedirla, porque después de la sombra está la gran verdad que nos une a la eternidad.
10 Subirle la ceja al del espejo. Y devolverle la mueca mientras te cepillas los dientes. Normalizar esa camaradería secreta, personalísima, con todo extraño al que nos encontremos. Practicar el tesoro de la hospitalidad como la parte olvidada de uno mismo.
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