Julián Pardinas Sanz
La Agenda 2030, el nuevo catecismo
Hay algo verdaderamente admirable en la Agenda 2030: ha conseguido que palabras como sostenibilidad, igualdad, resiliencia o transición energética puedan aparecer juntas en cualquier documento oficial sin que nadie se pregunte exactamente qué significan, cuánto cuestan o, sobre todo, quién paga la factura.
La Agenda 2030 nació con propósitos difícilmente discutibles. ¿Quién puede estar contra acabar con la pobreza, proteger el medio ambiente o mejorar la educación? El problema aparece cuando de esos objetivos generales se pretende deducir un catálogo de políticas concretas que debemos aceptar sin rechistar. Y ahí empieza la religión.
Porque la Agenda 2030 corre el riesgo de convertirse en el nuevo catecismo de una determinada izquierda política: quien la cuestiona no es un ciudadano que ejerce su derecho a discrepar, sino poco menos que un hereje. Negacionista, reaccionario, insolidario… El repertorio de calificativos está siempre preparado.
Y conviene decirlo alto y claro: criticar una política inspirada en la Agenda 2030 no significa estar contra el medio ambiente ni contra el progreso. Significa, sencillamente, que en democracia tenemos derecho a preguntar. ¿Cuánto cuesta? ¿Funciona? ¿A quién beneficia? ¿A quién perjudica? ¿Existe una alternativa mejor? Preguntas bastante sencillas, pero que parecen molestar extraordinariamente a quienes han convertido determinados objetivos internacionales en una especie de tabla de la ley.
Lo verdaderamente preocupante es que nuestros gobernantes utilicen la Agenda 2030 como argumento de autoridad para justificar decisiones que deberían someterse al debate parlamentario y ciudadano. Gobernar consiste en elegir, asumir responsabilidades y explicar las consecuencias. No en esconder las decisiones detrás de siglas, objetivos y documentos internacionales.
Si algún día, para discutir una decisión pública, necesitamos antes pedir permiso a la Agenda 2030, quizá descubramos que hemos avanzado mucho en sostenibilidad… y bastante poco en libertad
La Agenda 2030 puede ser una referencia. Lo que no puede convertirse es en una coartada. Porque en una democracia no existen políticas sagradas ni dogmas gubernamentales. Y si algún día, para discutir una decisión pública, necesitamos antes pedir permiso a la Agenda 2030, quizá descubramos que hemos avanzado mucho en sostenibilidad… y bastante poco en libertad.
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