Eduardo Medrano
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El regreso de los aranceles como instrumento político por parte de Estados Unidos marca una nueva fase en la tensión comercial con Europa, con Alemania en el punto de mira del presidente Donald Trump. Su decisión de imponer un gravamen del 25% a los automóviles y camiones procedentes de la Unión Europea no solo supone una medida económica, sino un gesto político con profundas implicaciones estratégicas.
Desde España apenas se exportan vehículos a EEUU, pero sí piezas. Galicia, por ejemplo, exporta componentes del automóvil a Estados Unidos, aunque no es su mercado principal y el impacto directo suele ser menor que el indirecto a través de Europa. El verdadero riesgo no está en esas ventas directas, sino en el efecto dominó sobre Alemania y otros fabricantes europeos, que son los grandes clientes finales de la cadena industrial gallega. El mensaje es inequívoco: Washington pretende incentivar la relocalización productiva hacia territorio estadounidense. Trump lo ha planteado sin ambigüedades, al señalar que los fabricantes europeos pueden evitar los aranceles si trasladan su producción a EEUU. Este planteamiento no es nuevo, pero adquiere ahora una dimensión mayor en un contexto en el que las cadenas globales de suministro ya estaban tensionadas por la pandemia, las guerras en Ucrania y Oriente Medio y la creciente rivalidad tecnológica con China.
Galicia vende piezas de automóvil a EE UU, pero su principal riesgo está en la cadena europea, sobre todo si Alemania exporta menos
El país que afronta el impacto más directo es Alemania. Su industria automovilística, columna vertebral de su modelo económico, depende en gran medida del mercado estadounidense. Las exportaciones alemanas de vehículos a EEUU superaron los 24.000 millones de dólares en 2024, lo que sitúa al canciller Friedrich Merz en el centro de la tormenta. Un encarecimiento del acceso al mercado estadounidense no solo afectará a los grandes fabricantes, sino a toda la red de proveedores que sostiene el tejido industrial germano.
Sin embargo, reducir el problema a Alemania sería una lectura incompleta. El automóvil europeo funciona como una red interdependiente que atraviesa fronteras y distribuye procesos productivos por todo el continente. En esa cadena, España ocupa una posición relevante que a menudo pasa desapercibida: la fabricación de componentes. Aunque las exportaciones directas de vehículos españoles a EEUU han desaparecido prácticamente desde 2023, el sector de piezas continúa integrado en la cadena de valor europea.
En 2024, las ventas directas de piezas españolas a EEUU representaron alrededor del 4% de las exportaciones del sector, unos 1.021 millones de euros. La cifra puede parecer moderada, pero no refleja el impacto indirecto que puede producirse si la industria alemana o francesa reduce su producción por la pérdida de competitividad. La amenaza, por tanto, es menos visible pero potencialmente más profunda. Una caída de la demanda en los grandes mercados europeos puede traducirse en ajustes en fábricas españolas, menor inversión y tensiones laborales. España se ha consolidado en las últimas décadas como uno de los principales centros de producción automovilística del continente, no tanto por sus marcas propias como por su capacidad para integrarse en cadenas globales de suministro. Esa fortaleza puede convertirse ahora en una vulnerabilidad si el flujo comercial se ralentiza. La reacción europea ha sido prudente, aunque no exenta de firmeza.
@J_L_Gomez
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