Fermín Bocos
Sin presupuestos, sin rubor
CAMPO DO DESAFÍO
Para el común de los mortales, desde luego sí para mí, el mero enunciado del nombre Amancio Ortega está asociado al bling-bling de las monedas de oro corriendo por las calles comerciales de medio mundo hacia los ya repletos bolsillos de este señor con aspecto de jubilado discreto y opaco. Supongo que la obligada transparencia debida de las empresas cotizadas ha restado mucho misterio a las fortunas de estos magnates. Sin exageración, cada trimestre contable, cae sobre todos nosotros, los curiosos y consumidores, un aluvión de cifras de ventas, beneficios y compras inmobiliarias que serían la envidia del tío Gilito de nuestra infancia. Detrás de este gigante comercial, logístico y financiero, aparece el rey Midas, Amancio Ortega, intentando confundirse con el paisaje, sea en una instalación hípica del norte galaico o un horizonte de mástiles náuticos en el sur, a modo de pacífico cuadro de las lanzas.
La misión de la Fundación Amancio Ortega es la creación de una sociedad mejor, con especial atención a los más vulnerables
Que Ortega se haya consolidado como uno de los hombres más ricos del mundo habla de su tesón, visión de negocio, adecuada selección de equipos directivos y otras muchas cualidades, incluida una sucesión ejemplar, unidas en círculo virtuoso y que los mercados premian con largueza cada día, en cada tienda, en cada metro cuadrado de ladrillos puesto en el mercado global. Más allá de los informes financieros, siempre apabullantes, y la espuma social, sobriamente controlada, la Fundación Amancio Ortega aparece como de puntillas en los márgenes de los noticiarios. Creada en 2001, trabaja en dos grandes áreas: la educación y el bienestar social. Su misión es la creación de una sociedad mejor, con especial atención a los más vulnerables. Sabíamos de su esfuerzo en dotar a la sanidad pública española del equipamiento de última generación en todo lo relativo al diagnóstico y tratamiento del cáncer. Este objetivo, que a estas alturas parece ya alcanzado, se completa ahora con la creación de diez centros en España donde se aplicará el tratamiento de protonterapia para los cánceres infantiles o en localizaciones muy profundas de difícil acceso para las otras técnicas. Las comunidades autónomas construyen los centros, el Ministerio de Sanidad coordina la red, similar a la de trasplantes, y la Fundación Amancio Ortega adquiere los equipos tecnológicos, 28 millones de euros por unidad, en total 280 millones. El de Galicia, ubicado en Santiago de Compostela, es el más avanzado y se prevé que comience a tratar pacientes a finales de este mismo año. Le seguirán el de Valencia y Fuenlabrada, en Madrid.
La filantropía, actividad a la que todavía en España mantenemos bajo sospecha y no damos el reconocimiento debido, se debe medir en dinero, sí, pero sobre todo por la nobleza y ambición de sus fines. Los de Amancio Ortega merecen la mayor de las consideraciones.
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