Sobre la amanecencia

LOS ASUNTOS IMPORTANTES

Publicado: 08 nov 2026 - 06:25
Opinión en La Región.
Opinión en La Región. | La Región

Mientras esperamos las lluvias, vuelve a salir el sol. Volvemos nosotros hacia él, montados en este viejo y grande organismo relleno de roca líquida y metal derretido.Vamos hacia el sol, que es la gran ley del mundo, el dueño de nuestra pequeña sustancia. En estos días de noviembre, el encuentro es más real. Es más real porque los tiempos son otros, porque la noche es más grande y más larga y porque el milagro va cambiando de sitio en la ventana del cuarto, la del este. Sucede ahora más abajo y también más hacia el sur, justo encima de la sierra donde nace el río que ya es ausencia y a cuyo suelo reseco saludo cada día cuando lo cruzo en bicicleta. Alguien ha cortado las eneas que crecen junto al puente de piedra y hay varias gallinas picoteando el cauce sin agua.

Tiene el otoño verdades más fuertes. Se agradece la luz que empuja la niebla, que es luz bendita, y uno empieza a despedir a los árboles en su echada de hojas como el gran alivio tras el sobrecalor. Robles y arces, abedules y nogales se van a dormir después de la gran tragedia de la canícula de fin del mundo, que regresará tras la primavera como nosotros regresamos al sol de la mañana del que hablamos en estas líneas. No hay mayor acontecimiento que estar presente en el aquí mismo, hacerle trampa al día que nos quiere ocupados y productivos y recordar que somos dueños del tiempo y de la vida propia, junto al cristal, sentados en la cama recién hecha, esperando a que ocurra el día, porque ocurre.

El primer resplandor, las noches sin luna, cuando el aire está limpio y parece flotar en él la danza cósmica de la que está hecha el mundo es siempre una promesa. Vamos hacia el sol para renovar esa esperanza: que el día nace, que nuestras pequeñas vidas son posibles, que la luz también dará calor a nuestros adentros. Esas son las grandes certezas. Volvemos hacia el sol como también volverán el cuco y la oropéndola y ese flujo de super inteligencia divina que son las bandadas de ánades, cuya contemplación atenta enciende el mejor llanto.

Si uno tiene la fortuna (y el propósito) de zafarse de las luces municipales y puede asistir al milagro del día naciente sabrá que no hay fogonazo que valga. El amanecer sucede despacio y a la vez rapidísimo, atravesamos de nuevo las leónidas, ese polvo de cometa que llama al ojo atento y anuncia el cielo de invierno. Se desdibujan los planetas visibles, que estos días son varios, insisten las lechuzas en sus últimas presas, antes de cambiar de rama con su vuelo invisible. Amanece hoy y siempre. Con nosotros. A pesar de nosotros.

Es la aurora, el gran premio para quien la espera, la luz arrebolada y diagonal que certifica este instante, antes de iluminar el final de los muebles y, quizás también el nuestro. Aún da para que crezca la noche, que crece para que amemos todavía más la claridad del día. No hay leyes mecánicas que garanticen el milagro. No hay un mundo ordenado que alguien puso en marcha. Nada de ingenierías secretas ni entelequias magnéticas: es la vida -inexplicable, vibratoria, sagrada- la que regresa inundando a toda la materia, esa palabra hermosa que en latín también deriva de la misma raíz: madre. Somos nosotros mismos asomándonos al principio primordial, al mundo que nace de nuevo y hace posible que todo suceda por primera vez, que es como suceden siempre y todas las cosas. No hay nada más grande que ese sol que vuelve. Ese mundo que aún funciona.

Contenido patrocinado

stats