Lalo Pavón
Francisco García, entre a firmeza e o pragmatismo
EL ÁNGULO INVERSO
Nos convocó un colega, compañero de internado de aquel colegio un poco subversivo que era el Cisneros, allá en los lejanos 60. Una opípara cena. Alguien dijo: “Mejor no hablar de esta sociedad cansada y perezosa. No lo esperábamos entonces. Hemos entregado nuestra rebeldía por una vida cómoda”. Escribí una vez: nos mantienen en una sedativa tiniebla.
Alguien habla de la enseñanza y cuenta: “Ayer leí que el profesor pregunta a un alumno quién fue el primer presidente de la transición y el alumno contesta: ‘Barajas’, como saben, es el aeropuerto de Madrid que lleva el nombre de Adolfo Suárez”.
Pero que no se me vaya la olla. He de hablar de aquel colegio. Todos los que estábamos en la reunión fuimos felices allí. Cierto, entonces era un colegio de chicos malos. Pero a nosotros nos encantaba, por ejemplo, cuando íbamos a alguna competición a Maristas, oír: “Cuidado, que vienen los de Cisneros”. Éramos algo así como el Coco.
El colegio, aparte de los alumnos normales, se convirtió en la última esperanza de muchos padres. Abrevábamos allí alumnos expulsados de otros centros; chicos indómitos, sus padres no sabían qué hacer con ellos; adolescentes que nunca aparecían en las clases; kíes, pandilleros del extrarradio acostumbrados a la bronca.
Pero te cuento, hermano lector. Allí llegué yo huyendo del Calvo Sotelo, aquel colegio entonces severo, lleno de fotos de José Antonio y de himnos como el Cara al Sol. En realidad, era un criadero de falangistas. Tremendo, allí di con mis huesos con 14 años. Llegaba de aquel Verín fronterizo y clandestino donde corría el dinero, el contrabando, aquel Verín bullicioso lleno de fulanos variopintos. El escritor Juan Manuel de Prada, quien pasó allí muchos veranos con sus padres, que iban “a tomar las aguas”, escribió: “Había tanto barullo que me parecía un pueblo de locos”.
Un día, harto de tanta disciplina, tomé el Villalón y aparecí en mi casa llorando. Pronto logré convencer a mis padres de irme al Cisneros, del que me habían hablado mucho.
Y me fui al Cisneros. Eran años en que los colegios e internados estaban a rebosar, sobre todo por los hijos de emigrantes que trabajaban en Centroeuropa. No exagero si escribo que esa que se crió con los abuelos ha sido una generación desgraciada. Les mandaban regalos, sí, pero no sentían el abrazo protector de sus progenitores. El sanatorio psiquiátrico de Toén llegó a tener 400 pacientes, muchos de ellos hijos de emigrantes.
Cierto, los hermanos Pereira, propietarios del colegio, eran de ideología republicana. No había fotos del general ferrolano y escasos crucifijos. Mientras en los colegios de maestros de alas negras no paraban de rezar, para nosotros los internos no era obligatorio ir a misa los domingos. Los Pereira contrataron un elenco de profesores extraordinarios. Incluso los había de la Generación Nós. Por ejemplo, Xocas, el inolvidable Xaquín Lorenzo. Otro sabio: López Cid, el filósofo. En esa línea eran todos. No tomaban lista pero las clases estaban llenas hasta los topes. Ahora me doy cuenta que el secreto era que seguían una enseñanza machadiana. Lejos de lo fósil, enseñaban encantando. “Despertar al dormido y avivar al despierto”.
(Mi amigo, que nos convocó, controla a cerca de 50 alumnos. Hizo esta reflexión: “Al final, nos les ha ido mal en la vida, ni siquiera a los que entraron allí sin esperanza”. Recuerdo aquella clase en que López Cid me mandó escribir en la pizarra: “Lo que amas, perdura”)
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