Julián Pardinas Sanz
Mi amigo, el primo de “todo el mundo”
Tengo un muy buen amigo. Muy, muy de izquierdas. Lo digo con todo el cariño del mundo porque si una amistad dependiera de coincidir políticamente, hace tiempo que habríamos tenido que dejar de hablarnos. Pero no es así. Nos queremos, nos respetamos y discutimos de política con esa mezcla de pasión y paciencia que solo pueden permitirse los amigos de verdad. Él tiene, además, una virtud que le reconozco sin reservas: nunca se queda sin argumentos. Bueno, quizá debería decirlo de otra manera: nunca se queda sin un argumento. Es siempre el mismo, pero extraordinariamente versátil. Sirve para Pedro Sánchez, para Feijóo, para la derecha, para la izquierda, para la economía, para la corrupción, para la inmigración, para los impuestos, por supuesto para los temas de justicia y, sospecho, hasta para explicar por qué llueve: “Eso lo sabe todo el mundo”. Si uno pone cara de escepticismo, llega la segunda parte, todavía más contundente: “Y tú sabes perfectamente que todo el mundo piensa lo mismo”. Ante semejante demostración de autoridad, uno casi siente la obligación de pedir perdón por haber osado discrepar.
El problema es que yo tengo una pequeña manía: me gusta saber quién es “todo el mundo”. Porque mi amigo lo menciona con una familiaridad extraordinaria, como si fuera un primo suyo al que invita regularmente a comer. “Todo el mundo sabe…”. “Todo el mundo piensa…”. “Todo el mundo está harto…”. “Todo el mundo entiende que…”. Y yo, ingenuo de mí, sigo esperando que algún día me presente a ese señor. Porque debe de ser una persona extraordinaria: lo sabe todo, piensa lo mismo que mi amigo sobre absolutamente cualquier asunto y, además, parece disponer de información privilegiada sobre lo que piensan millones de españoles. Lo que no alcanzo a comprender es por qué nunca se presenta a las elecciones. Con semejante respaldo popular, podría ahorrarse incluso la campaña.
La verdad es que “todo el mundo” es uno de los personajes más eficaces de la política española. No tiene nombre, no tiene domicilio, no vota, no firma manifiestos y jamás aparece en una encuesta. Pero habla por boca de todos. “Los españoles quieren…”. “La gente piensa…”. “La ciudadanía sabe…”. Qué maravilla. Uno puede convertirse en portavoz de cuarenta y tantos millones de personas sin haber recibido un solo voto y sin necesidad de preguntar a nadie. Basta con tener una opinión y suficiente aplomo para presentarla como si viniera certificada por la humanidad entera.
Curiosamente, “todo el mundo” suele coincidir siempre con quien pronuncia la frase
Y aquí está la pequeña trampa. Decir “yo creo que el Gobierno se equivoca” es una opinión. Perfectamente respetable. Decir “todo el mundo sabe que el Gobierno se equivoca” es otra cosa. Ya no habla uno en su nombre: habla por todos. Lo mismo ocurre al otro lado. “Todo el mundo sabe lo que pretende Sánchez”, “todo el mundo sabe lo que quiere Feijóo”, “todo el mundo sabe que Vox…”. Curiosamente, “todo el mundo” suele coincidir siempre con quien pronuncia la frase. Debe de ser una comunidad extraordinariamente disciplinada.
Mi amigo, además, tiene una versión especialmente sofisticada: “Tú sabes que tengo razón”. Esta es magnífica porque convierte la discrepancia en una especie de problema intelectual del discrepante. Si respondo que no, resulta que estoy negando algo que, según él, sé perfectamente. Y si le pregunto por qué debería saberlo, vuelve a aparecer el comodín: “Porque lo sabe todo el mundo”. Es un razonamiento circular de una perfección casi artística: es verdad porque todo el mundo lo sabe y sabemos que todo el mundo lo sabe porque es verdad.
Lo divertido es que este procedimiento no pertenece exclusivamente a ninguna ideología ni, desgraciadamente, lo invoca solo mi amigo. Lo utiliza la izquierda, lo utiliza la derecha y lo utiliza también ese peculiar espécimen político que asegura no ser ni de izquierdas ni de derechas, pero que, casualmente, tiene opiniones muy precisas sobre todo. En política, “todo el mundo” es probablemente el único asunto capaz de lograr una mayoría absoluta.
A mi amigo, por supuesto, no le voy a convencer. Y tampoco lo pretendo. La amistad está muy por encima de nuestras discrepancias y, además, reconozco que sus “todo el mundo” me proporcionan momentos estupendos. Cuando vuelve a soltarme la frase, ya ni siquiera discuto. Le miro, sonrío y le hago la misma pregunta: “¿Pero quién es exactamente todo el mundo?”. Hasta ahora no me lo ha presentado. Quizá porque, bien pensado, “todo el mundo” no sea más que una forma ingeniosa de decir “yo”. Y ahí está la verdadera cuestión: todos tenemos derecho a pensar lo que queramos. Lo que resulta bastante más discutible es apropiarnos de la opinión de los demás para darle a la nuestra una autoridad que no tiene.
Así que seguiré discrepando de mi buen amigo, con todo el cariño del mundo. Y él seguirá diciéndome que “todo el mundo” piensa como él. Solo espero que algún día me invite a conocerlo. Tengo verdadera curiosidad. Después de tantos años oyendo hablar de él, empiezo a pensar que, en realidad, ese tal “todo el mundo” debe de ser un tipo estupendo.
Y, sobre todo, extraordinariamente de izquierdas.
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