Pilar Falcón
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Errabundo domiciliario podría decirse de un amigo que se fue, no tan inesperadamente para íntimos sino para los que aunque amigos, mas distantes desde cuando ubicado en Allariz este Alfonso Monjardín que andaba en las movidas culturales, del que acaso no podría pensarse que dictándole como copiloto en cada tramo cuando navegaba con Lalao Reverter por algún rallye patrio o windsurfeando surcaba las olas costeras o las menores de los embalses del interior. Alfonso era ese riquiño que dirían las mujeres, más aquellas a las que amó, que caía bien porque educado y sapiente de la vida. En su, digamos, retiro alaricano siguió cultivando la amistad, implicándose en la cultura, irradiando simpatía. Un vecino más que se integraba y no pasaba inadvertido.
La enfermedad y la muerte quebró aquel cuasi cuarteto de vecinos de a Carballeira que eran el fenecido Manolín Dacosta, curtido en las ITV provinciales, el aun paseante más que cliente de bares cuando en pandilla; Floreano Velo, que ejerció en el mundo de la automoción; el menos ahora concurrente de paseos Aser Sueiro, de la banca, y Gil, un cuarto que se les sumaba cuando de visitas a más agua que vino por ciertos cinco bares de la contorna, que apiñados en menos de 50 metros. Podría añadirse y esporádicamente se añadió, el recién ido Carlos Martínez, el cuñado del recordado Olegario, impulsor, éste de lo que fue tienda restaurante Tía Matilde, de a Loña, el Jack Nichol Son por su parecido con el célebre actor de “Alguien voló sobre el nido del cuco”. Siempre se recuerda a Carlos como Chesman entre los amigos de la barriada a la que ligado. Yo, más que vecino, colindante, ni me enteré de su tránsito que fue en el silencio y la discreción de quien más conocido cuando almacenista de la construcción, y más, cuando montó el que fue, ahora se llama gastro bar, a Palleira, con su cuñado Olegario. alternando la atención de una clientela por más de una tarde de pesca con su cuñado por esas bravas aguas de cualquier rio.
Otro notable de la barriada en la que todos conocidos acaba también de dejarnos, César Silva, ese que de la discreción hacía gala tanto como de la prudencia. Fue de los notables en aquel barrio de los Pedrouzo, Luisines, Jojas, Iglesias, de León, Regos, Turzós, Joséramones, Outeiriños, Silvas, Rañas, Velos…César Silva era un apasionado del fútbol, que llegó a entrenador, y a mucha honra, decía, cuando lo fue del Casablanca de esta barriada oeste de la ciudad, y escribía pequeñas crónicas donde firmaba como Cóser, que así se le conocía en algunos sectores del llamado fútbol modesto. César, un curso vital que en lo profesional pasaría por la distribuidora farmacéutica Cofano donde, meticuloso, iba preparándose para ATS, profesión que ejercería en la sanidad pública. 95 años dan para mucha vida, aunque la reserva y discreción fuese su lema y así aconteció con un tránsito de tan imperceptible que solo por su esquela nos enteramos.
El Barrio, como tantos, se va despoblando de aquellas caras que aun saludabas y ahora de tan escasas puedes atravesarlo sin saludar a nadie; parece como si colonizado por gentes de ultramar, y esto en poco más de una generación. Decía alguno que se ha avanzado en ésta más que en todas las que la precedieron, y así ha de convenirse, además porque la dictadura de 40 años supuso un retroceso. Aquellos tiempos de la infancia del racionamiento, donde las pelotas de trapo y aun las de vejigas de cerdo rodaban por una mal asfaltada calle, carretera nacional entonces a Celanova, Bande, Entrimo o Lobios, permitía, con pocas interrupciones, partidos de fútbol, con porterías de jerséis o piedras cogidas de las aceras que mantenían, no siempre en uso de desagüe, los peones camineros que por todo instrumento, una azada, una pala y una carretilla; a veces, un escobón de retamas o xestas. Aquellos tiempos de los pantalones remendados, de las pupas perennes en las rodillas parecerían sacados de una estampa de un ayer, que por más que próximo, se antoja de siglos.
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