Carlos Risco
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
Lo que nos queda del sueño ciudad-jardín
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
No siempre hemos estado tan separados de todo. Aunque la destrucción de la naturaleza se ha acelerado en las últimas generaciones y, tractor, grúa y bulldozer mediante, el mundo se va convirtiendo en un erial, la cosa no ha sido siempre así. Hasta hace no tanto se comprendía que la vida necesitaba de la vida verdadera, es decir, de la complejidad armoniosa de árboles y pájaros, de flores e insectos. Y, las ciudades, a pesar de ser territorios de frontera con lo salvaje, de cuyo espacio se aislaba a toda fiera, autorizando apenas a animales “útiles” como caballerías, vacas o perros, se comprendía su relación con el mundo silvestre para integrar al árbol y al manantial. Hace falta pensar así. Nos sienta bien.
Hay que procurar que algún pensamiento bueno nos rescate, porque a esta cosa incomprensible no se ha llegado por casualidad, sino por ignorancia reciente y sucesiva. Si estiramos la mano hacia atrás y tocamos la mano de los habitantes anteriores, muertos aún por descomponer del todo en la loma de San Francisco, quizá nos lleven hasta el hospital viejo, en el barrio de las lagunas. En los pabellones de ese hospital, integrados discretamente en un gran jardín, uno querría curarse, para dejar que el dosel vegetal y el coro del alba fueran parte de la terapia, porque entonces se comprendía bien, como ahora nos recuerda la etnobotánica, que los seres superiores de ramas y clorofila no sólo respiran por nosotros y hacen posible la vida, sino que su sola presencia anima nuestra pequeña vida y da sentido a nuestro corazón. Es una pena que estos pabellones tan amables, en lo que fue un jardín sensible hayan corrido tan mala suerte.
Las cabezas minifundistas quisieron universidades minifundistas, irrelevantes, que deberían ser clausuradas. Teniendo una universidad de Santiago con 500 años de historia, pudieron como siempre los caciques arribistas y, en vez de construir buenas residencias para estudiantes en la vieja Compostela y fomentar el tren para conseguir una poderosa ciudad de estudiantes, como harían en un país con sentido común, se han dedicado a alimentar rectorados prescindibles, licenciaturas absurdas, títulos vacíos. Multiplicar el derroche y un café para todos que es purrela. Por eso, si se viene a pasear por estos pabellones que, por fortuna, no han derribado, es conveniente olvidar su nuevo uso y tratar de borrar del ojo la horrenda reforma de los jardines en los años noventa, prima hermana de la destrucción de la plaza de las Mercedes, que son dos traiciones a la ciudad que no debemos olvidar nunca.
Mejor hacerse los locos y pensar que somos pacientes de aquellos pabellones hospitalarios rodeados de vegetación terapéutica, donde el trabajo de mirlos y herrerillos era tan importante como el de los cirujanos. Es reparador saber que hasta ayer todavía se construía con comprensión hacia nuestra sustancia animal y que, aunque la van destrozando y dejando caer y arder, bajo esta Auria despreciable de materiales feos e intenciones burdas, todavía late debajo una ciudad rescatable, que resiste para consolarnos y recordarnos que no todo está perdido. La esperanza, dicen los existencialistas, es la sustancia divina de la que está hecha nuestra alma. Somos, por tanto, aquello que podemos soñar. Y venir a soñar a este hospital deshospitalizado, saludar a los cedros del atlas, al viejo almez y a los hermosos edificios de sanación nos repara en lo profundo. Quién le diera al hospital nuevo, un fracaso de hormigón mal diseñado, sin ningún árbol ni sombra cercana, esta claridad de pensamiento, que comprendía que la naturaleza es parte de la cura.
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