Lalo Pavón
Francisco García, entre a firmeza e o pragmatismo
EL ÁNGULO INVERSO
Cada cierto tiempo, mi camada de tertulianos nos reunimos en casa de alguno de nosotros para ver juntos una película clásica. El pintor decidió que visionáramos nada menos que “Muerte en Venecia”, de Luchino Visconti. El motivo es que acaba de fallecer Björn Andrésen, su protagonista. Todo un mito. Decía Visconti que era el chico más bello del mundo.
Cielo santo, allá en los 70 vi el film al menos 6 veces, tanto me cautivó. En aquellos años tenía mucha amistad y colaboraba con el poeta oral Carlos Oroza, que quedó tan fascinado por el protagonista que llegó a obsesionarse y ver la película casi una veintena de veces.
Hablemos ya del mítico Tadzio. El director italiano recorrió toda Europa durante 2 años a la búsqueda del adolescente que protagonizara el film. Pasaron por su cámara miles de chicos hasta que, en Copenhague, dio con el adolescente de rostro angelical y perverso “capaz de reflejar la pureza y la tragedia”. Tuvo una vida atormentada. Arrastraba el trauma de su madre suicidada. Después de esta película le ofrecieron cantidades desorbitadas. Cierto que lo elegían por su belleza y misterio. Siempre rechazó las ofertas e incluso vivió como un vagabundo, siempre con problemas económicos.
Pero te cuento de la película. Está basada en la novela corta del inolvidable Thomas Mann. Un escritor atormentado decide pasar el verano en Venecia a la búsqueda de inspiración. Visconti presenta una Venecia oscura e inquietante, donde el cólera andaba suelto por los callejones. Todo se desarrolla en el Gran Hotel. Allí reside toda la familia de Tadzio. El escritor queda inevitablemente atrapado por el adolescente. Se pasa los días observándolo en un intento de comunicación imposible. Grandes actores: un Dirk Bogarde lleno de duende interpreta al escritor en unas escenas finales estremecedoras. Está también una actriz lamentablemente olvidada: la gran Silvana Mangano.
Aquella generación, “los artistiñas”, con cuartel general en el Volter, iluminó la ciudad. ¡Cuánto talento! Pienso en Xaime Quessada, Arturo Baltar, Virxilio, Buciños, Vidal Souto (que, por cierto, puedes ver sus obras estos días en el Valcárcel), Acisclo Manzano...
Ya te dije, estamos en el estudio del pintor (tenemos por norma no dar los nombres). Tiene algo de cueva de los años 60: cuadros por aquí, libros por allá, y curiosamente muchos objetos de labranza. Así que comenzamos a hablar de pintura. Dice el pintor: “Son malos tiempos, la gente ya tiene suficiente con luchar para vivir, ¡cómo van a comprar un cuadro! Además, nos aturden, como dice José Manuel de Prada, convirtiéndonos en ‘masas cretinizadas’. Los años 60 y 70 del pasado siglo fueron años gloriosos para los pintores. La economía iba mejor. Médicos, abogados, empresarios… compraban cuadros con frecuencia”.
Aquella generación, “los artistiñas”, con cuartel general en el Volter, iluminó la ciudad. ¡Cuánto talento! Pienso en Xaime Quessada, Arturo Baltar, Virxilio, Buciños, Vidal Souto (que, por cierto, puedes ver sus obras estos días en el Valcárcel), Acisclo Manzano...
(Abundó el licor café en casa del pintor. Cielo santo, el aguardiente de hierbas casi nos tumba. Terminamos recordando a Alexandro, qué triste final el suyo. Mira tú, cuando paso por la calle de la Paz, en el timbre de la entrada de su buhardilla todavía veo escrito su nombre. Allí vivió, amó, negoció… y alguna vez había un cartel: “¡Vande pro carallo, non estou!”).
En el Valcárcel presentó “Treinta historias y un festival” la periodista Sonia Torre. Hizo un trabajo de chinos, se encerró 7 meses para llevar adelante este libro que narra meticulosamente la trayectoria del OUFF desde el año que nació, allá en el 1996, de la mano del inolvidable Eloy Lozano.
Sonia es una periodista de raza, enamorada de su profesión. Llegó desde la cuenca minera asturiana y la atrapó esta ciudad. Sus artículos siempre son humanamente hablando cálidos y certeros. De esa generación que creció con el plus de esa fiebre que antes llamábamos vocación.
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