Itxu Díaz
El sutil movimiento pendular de la risa
Los sentimientos de respeto, agradecimiento, reconocimiento y confianza entonces experimentados, han ido adquiriendo, a lo largo de este año, un mayor significado si cabe. Si entonces éramos conscientes del calado histórico de aquella decisión, si la vislumbrábamos como un generoso ejercicio de responsabilidad, si pensábamos en que es Dios quien por su Espiritu guía la Iglesia y le hace suscitar en cada momento las personas, las actitudes y acciones necesarias, ahora todo aquello recobra mayor perspectiva, plenitud y sentido.
Benedicto XVI, el papa sabio y maestro, nos ofrecía una ulterior y penúltima lección magistral -como todas las suyas-, lección profética e interpeladora. Y es que situó la misión y el ejercicio del poder en la Iglesia en sus justas dimensiones, que no son otras que las de la evangelización y las del servicio. Nos ayudó a adentrarnos más en el misterio de lo que la Iglesia es y poder reconocer quien es su único Señor. Nos dio también ejemplo para saber desde el discernimiento y la oración cuando llega la hora de la retirada y que nada hay peor en la Iglesia que el enrocarse en los propios intereses, en las apariencias y en los oropeles.
A lo largo de los casi ocho años de su luminoso ministerio apostólico, Benedicto XVI se encaminó en numerosas ocasiones hacia la puerta grande de la Historia de la Iglesia. Con su renuncia se ha quedado en ella para siempre. Y ahora desde su retiro y "ocultamiento del mundo" nos sigue brindando otra espléndida lección: la de saber estar, la del valor del silencio y de los gestos, y la de la fuerza de la oración y de la ofrenda de la debilidad -en este caso ancianidad- y de su enorme potencial salvífico y ejemplarizante.
El cardenal Muller anunció recientemente en Valencia que el papa emérito podría escribir sus memorias. Bienvenidas sean. Como bienvenidos fueron su ministerio, su renuncia y su actual forma de servir a la Iglesia en el ámbito de Pedro y junto a la Cruz.
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